jueves, diciembre 27, 2007

Historias del señor embajador

—Oye, tío. Que el otro día me leí Sleepy Hollow. Y no veas, tío, qué buena.

—Pero qué me dices. ¿Leer? Dirás ver, tío. La peli rara esa del Tim Burton, la del tío que iba por ahí cortando cabezas.


¿Irreal? ¿Ustedes creen? Les recuerdo que vivimos en un mundo donde la cultura popular ha cambiado de sustrato. Estamos en el mundo de la cultura audiovisual, rápida, efímera y superficial. El esfuerzo de profundización que requiere la lectura a veces es demasiado tedioso y comprometedor… pero a lo que íbamos.

Y lo que quería era hablar de Washington Irving, ese maestro del romanticismo nacido en la vieja Nueva York que cabalgaba entre el siglo dieciocho y el diecinueve; abogado, viajero, periodista, diplomático y sobre todo, escritor.

Un olvidado.

¿Acaso piensan que muchos saben que la historia de la que he hablado al principio es suya? ¿Y mucho menos que fue embajador en España y que escribió un maravilloso libro de historias, mezcla de fantasía y folklore, ambientadas en la Granada musulmana llamada Historias de la Alambra?

Recuerdo, y así puedo parecer un viejo cascarrabias anclado en el pasado, recuerdo digo, esas maravillosas tardes de lectura juvenil en las que el viejo Knickerbocker relataba esos cuentos basados en historias populares alemanas, de tipos que dormían cientos de años y otros a los que un jinete sin cabeza perseguía irremediablemente. Me refiero a sus Cuentos del Antiguo Nueva York, una joya, una auténtica joya poco valorada y recordada excepto por dos de sus elementos.

La fantasía en Irving se desliza con el paso sutil de ese romanticismo más elaborado, menos visceral, ligeras gotas de esencia que perfuman el texto.

Lo dicho, que lean a este autor… y, a pesar de lo dicho, no dejen de ver cualquier película de Burton; él no tiene la culpa de que algunos y algunas piensen que Sleepy Hollow sea obra suya.

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