martes, septiembre 18, 2012

El héroe derrotado

Nos gustan los héroes. Hay una veta genética que nos hace admirarlos; que, en muchos casos, busquemos imitarlos, adquirir algo de su naturaleza mítica, atemporal; algo de su fuerza, algo de su terquedad. 

El héroe ha dado mucho juego en la literatura (también en la de terror), y de la misma forma que su arquetipo imaginario, ha ido mutando, adquiriendo nuevos matices, apellidos y prefijos…, pienso, por ejemplo, en el “antihéroe” un héroe matizado, algo sucio, fosco, pero héroe al fin.

Nos gusta, nos han educado para esperarlo, que el héroe venza, que sea el protagonista del victorioso final. Si no es así, buscamos que no ceje, que no se rinda que, aunque haya sido derrotado, que sea esa una derrota momentánea, una derrota preludio de lo que seguramente será una victoria grandiosa. El héroe nunca pierde le fe ni la esperanza…, duda, sí, puede dudar, puede mostrarnos su debilidad momentáneamente para mostrárnoslo más humano, pero al final las dudas se disuelven sin remedio en la tormenta  de la catarsis final. 

La armadura del héroe viene dada por su estricta concepción de la realidad y de las reglas que le relacionan con ella; no caben grietas.  El héroe es el dueño de la verdad, de ahí su fuerza. Por eso, unode los mecanismos más atractivos de la creación es el de mostrar la “caída” del héroe…, aunque más que de derrota habría que hablar de el encuentro con la lucidez  —el héroe en pocos casos es derrotado, sino que cambia el eje sobre el que giran sus expectativas y obligaciones—, encuentro con la verdad objetiva que se manifiesta contraria a su verdad subjetiva, una nueva verdad que sojuzga y conmueve, que resquebraja.

Lo inconmovible se conmueve. Eso es…, y esa conmoción tiene un especial atractivo para el creador: el desarrollo del proceso de mutación, el choque del idealismo con lo real carente de matices éticos, solo real, pragmático. O en el caso del terror el choque entre al concepción mecanicista y positivista del mundo contra esa otra, sobrenatural, trágica y depredadora. Un choque que disuelve a la persona, la anula y al mismo tiempo nos anula a nosotros: espectadores que empatizan con el héroe aniquilado.

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