lunes, febrero 02, 2009

Hace 200 años...

Hace doscientos años que nació el señor Edgar Allan Poe.

No voy a entrar a desmigajar una pobre biografía, o un epigrama que cante sus excelencias porque sí. Hace unos días, dándole vueltas al caletre, buscando ideas que usar en una mesa redonda a celebrarse en La Fnac de Zaragoza el día diez del presente, descubrí cuál era para mí ese aporte sustancial del gran escritor norteamericano a la literatura de terror.

No era su uso del lenguaje, exquisito, cuidado y maravilloso.

Tampoco la originalidad de sus cuentos.

Era otra cosa, una recuperación.

Recordemos que el estilo generalizado, el último triunfador en la creación de relatos de terror era la Ghost Story, evolución y renovación, simplificando un poco, de la anterior Novela (Y cuentos) Gótica. La Ghsot Story acercó el terror a lo cotidiano, pero perdió una cierta intensidad, no dramática, esa la mantuvieron los buenos autores; me refiero a una intensidad pasional. La Ghost Story es en sí bastante fría, muy británica, desemocionalizada y desapasionada... la única emoción que se permite es la del miedo. Lo cual hace que, a pesar de su factura impecable, muchos de sus relatos no acaban produciendo ese estallido pasional en el lector, sino un mero escalofrío producto de la suspensión de la realidad, si esta ha existido.

Poe arregla esto, recoge la pasión, la profundización psicológica en las emociones de los personajes y las imbrica en la modernidad adquirida por el género del terror. Poe hila el delicado equilibrio que ha de mantenerse entre el argumento, el estilo y la caracterización de los personajes. Estos no son meros narradores fríos, son víctimas apasionadas, rasgadas por profundas tensiones psicológicas y emocionales.

En eso Poe fue, es un maestro que abre caminos.

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