lunes, diciembre 18, 2006

La importancia del entorno en el relato de terror

No es necesario afirmar que H. P. Lovecraft es uno de los autores que ha influido sustancialmente en el moderno cuento de terror. Su presencia, sus obras, suponen un salto cualitativo sobre el que posteriores autores han apoyado sus primeros pasos o algunas de sus creaciones. Quizá el estilo de Lovecraft, su forma de escribir, pueda dejarnos indiferentes, no gustarnos, parecernos pueril y alambicado, pero no podemos negar que ha habido un antes y un después del autor de Providence.

Son diversos los puntos e ideas que han sufrido una revolución o, yendo más adelante, han aparecido como novedades en la literatura de terror promovidos por este autor. Hoy me voy a detener en uno de ellos al que le tengo un especial afecto: el uso com, un elemento fundamental, casi como un personaje más, de la localización física de las historias.

¿Qué sería de la obra de Lovecraft sin Innsmouth, Dunwich, Arkham, Providence... Nueva Inglaterra, esa Nueva Inglaterra preñada de ancestrales y oscuros arcanos, cargada con una impronta de siniestra oscuridad, plagada de rincones hechizantes, marcada por la mano del mal?

Quizá sea la literatura Góticala primera que haya realizado un intento por reconvertir la situación física del relato, de dotarla de un nuevo y más profundo significado y utilidad aparte de ese ser un mero marco donde localizar los hechos. No hablamos del ambiente, vamos más allá: hablamos de unas tierras, de un pueblo, de una casa... y Lovecraft añade unas gentes, un estilo de vida marcado por lo siniestro.

Creo que Lovecraft es el autor que, tras Machen y Blackwood, que dan tímidos pasos hacia ello, termina por entender la importancia capital que tiene el entorno físico para acentuar diversos aspectos macabros e inquietantes de la historia. Se puede decir que casi se convierte en un escritor costumbrista, un etnólogo que se detiene a hablarnos de las gentes que pueblan las tierras malditas donde acaecen sus historias. Sí, podríamos afirmarlo del todo, si no fuera porque en el fondo es una creación más, un aporte fantástico, que complementa el devenir del relato en sí. Pensemos en Innsmouth, en Dunwich, en la tenebrosa Arkham, en sus gentes: deformes, sus inmigrantes turbios, sus sagas familiares con la depravación de la mezcla maldita marcada en sus genes. En las tierras de Lovecrat el mal se trasmuta, no sólo en un comportamiento, también en unos hechos, también lo hace en aspectos palpables, físicos. Lovecraft construye una Nueva Inglaterra virtual, sí, con sabias pinceladas que mezclan lo real que cualquier viajero puede observar, con toques numinosos que muestran una faz más oscura, que reconstruye al esencia del lugar y la de sus gentes, que los redefine y nos obliga a contemplarlos desde una nueva perspectiva, más ominosa, más preocupante y tenebrosa.

Herederos, las historias que se me vienen a la cabeza son las de algunos relatos y novelas de Ramsey Campbell en sus inicios: p.e. la obra que ya cité en otra entrada, El sol de media noche. Pero las dos obras que heredan a su manera ese hacer del maestro de Providence son: El misterio de Salem's Lot (La hora de vampiro) e It de Stepehn King; así como mi adorada y nunca olvidada Fantasmas, junto con Dragón, ambas de Peter Straub; Una tranquila noche de terror y El sonido de la medianoche, de Charles L. Grant. Seguramente habrá muchas más, novelas y relatos, no me importa que ustedes, lectores me las recuerden, que hagan un listado con las que puedan faltar y me lo envíen. En todas ellas la ciudad, el entorno, la tierra, el bosque, se convierten en un añadido, en un nuevo icono sobre el que dirigir nuestra atención de lectores en busca de la experiencia del desasosiego. La historia de sus habitantes, la historia del sitio en sí, marca el tempo del relato, señala el argumento, el núcleo más profundo del mal subyacente puesto que ese mal es una fina hebra que se ha ido entrelazando a lo largo de ese devenir con el paso del tiempo.

La mística del lugar, el pueblo, la ciudad como un personaje más que envuelve y arropa con abrazo frío al resto de los personajes: sus calles, con sus historias, su devenir a lo largo del tiempo, siempre con la presencia soterrada o fundamental de una sólida corrupción, de un mal que acaricia el asfalto, las fachadas y los árboles, el comportamiento de los vecinos. Como algo más que un simple marco.

Hace poco, en uno de los comentarios al hilo de una entrada del blog, se hablaba de un mal (terror) que procede del interior del personaje, o de un mal que procede del exterior, que lo abruma y destruye, cada uno a su manera particular. En Lovecraft y todos estos autores, en las obras citadas, ambas visiones del origen del mal, del terror, se conjugan, se hacen indiferenciables; el mismo mal se trasmuta de cualquier manera, sin importarle el método. Ese es el aporte mágico de Lovecraft, ese saber mezclar esos dos conceptos aparentemente disociados en uno solo que nos da una visión holística del terror.

2 comentarios:

David Jasso dijo...

En la línea de lo que comentas me permito nombrar la novela "El refugio" de Mary Kittredge y Kevin O'donnell, Jr.

Copio la primera frase de su contraportada: "Las calles de Meadbury están limpias, su gente es amistosa, el crimen virtualmente no existe. Todo es perfecto... mientras Meadbury viva."

Una novelita que pasó inadvertida pero que está bastante bien, porque resulta que la ciudad "está loca".

Innsmouth dijo...

Hola David. Eres tan amable de decir editorial y colección.