Mostrando entradas con la etiqueta Comentarios y lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Comentarios y lecturas. Mostrar todas las entradas

sábado, mayo 10, 2014

Basicos del terror: Miriam, de Truman Capote


Sí, han leído bien: Truman Capote, ese escritor convertido en personaje de su propio libro inacabado (ese que iba a retratar sin piedad a los Vip de su época), digerido por su propio éxito, las drogas, el alcohol y el sexo. Uno de los mejores escritores americanos del siglo XX, eso dicen; polémico, narcisista, estridente y con un eventual y cuidado aire de prima donna frívola.

Que leer a Capote es un placer la sabe cualquiera: El arpa de hierba, A sangre fría, Desayuno en Tiffany's..., ahí están. ustedes mismos. Pero cuál fue mi sorpresa, mientra atacaba los "cuentos completos" en la edición de Anagrama, cuando ayer por al noche di con "Miriam". ¿Un cuento de fantasmas? ¿Una escalofriante aproximación, cargada de sensibilidad, al asunto siempre recurrente del mal? ¿Capote? Sí, Capote.

La aproximación al mal de Capote en este relato es delicada y al mismo tiempo implacable (alejada de la que ofrece en su obra canónica A sangre fría); la figura arquetípica de Miriam, la niña que inquieta y asedia a la señorita Miller con su presencia cargada de capricho e intención, despierta en el lector un estado de profundo malestar; malestar que solo se presenta cuando nos sentimos en presencia del mal en estado puro, de ese mal desencarnado, voraz, cargado de ganas de devorar nuestra cordura; un mal que juega con la realidad como lo haría un niño con un puzzle, un mal que acentúa nuestra soledad, nuestra individualidad imperfecta, proyectándola sobre una realidad deformada, irreal.

A veces, desdibujado, Capote, en sus biografías, en la composición que se nos ha querido transmitir de su figura, aparece como uno de esos niños de gran inteligencia, inteligencia trufada con un estudiado y caprichoso sentido de la crueldad, un niño capaz de disfrutar arrancándole las alas a una mosca mientras la convence de que así es más hermosa, esbozando una radiante sonrisa. Ese sentido de la crueldad, de la esencia más primigenia y aguzada del mal es lo que me ha transmitido la lectura de Miriam. Ver en esa niña un reflejo de los instintos del propio autor.

Y sí, hay obras de terror mucho mejores que este olvidado relato primerizo del autor norteamericano, mejor escritas, quizá, sin ese recurso teatral anticlimático que se perfila en su final, pero aún así, Miriam conmociona, no en vano es un susurro de una de las voces que mejor ha sabido escribir acerca del mal en el pasado siglo.

Nota: el relato, en1946. ganó un premio, el O.Henry, en la categoría de mejor relato publicado por primera vez.


jueves, marzo 21, 2013

Benjamín

Una de las virtudes de la literatura, es la libertad que, como lectores, le damos para que juegue a engañarnos y confundirnos. Uno de los placeres de la lectura, entre otros,  es el del juego al gato y el ratón que a veces se establece entre el escritor y su lector, entre la trama y nuestra capacidad de predecir.

Podría haber usado el título de "el placer del engaño", pues Federico Axat, el autor de la novela que comento a vuela pluma, es un evidente admirador, entre otras muchas cosas, del giro argumental, de la rotura metafórica de las caderas del lector, del juego de espejos entre la apariencia, la evidencia y la verdad.


"Benjamín" es un juego constante. Una novela cristalizada, quizá, a través de una rotunda admiración por la intriga, la inteligencia del lector, la literatura de entretenimiento tomada como algo muy serio y Stephen King..., y sí, ya ha salido el tópico de "otro deudor, admirador del tipo de Maine", pero en este caso el tópico no es tal tópico y a su lectura me remito. Es fácil encontrar las trazas que definen el poso que King deja en los autores que han crecido con sus libros en la mesilla de noche, muy sencillo: niños con alto grado de protagonismo, cierto localismo costumbrista, exaltación del valor de la amistad, varios hilos narrativos secundarios definidos por sí mismos, uso de una voz interior/exterior contrapuesta al hilo de pensamiento del personaje... Axat apunta una forma propia de escritura que con el tiempo debiera explotar y diferenciarse por completo de su referente.

Celebro haber dado con esta obra (gracias a Fernando Martínez, que movió el cielo y la tierra para que los de Nocte le hincáramos el diente); en cierto modo me ha reconciliado con un género, el del terror en su vertiente best seller, que me tenía muy abandonado últimamente en lo que a "estrenos" de calidad se refería. Quizá no sea una novela redonda. Su último tramo se me hizo  apresurado, más de lo que demandaba su increscendo natural, alguna escena forzada, mínima, irrelevante, que sobraba y quizá unos pocos personajes importantes hubieran requerido una profundización que sí se perfiló en otros, dejando algo cojo el total; Nada que espantara su lectura, nada que me hiciera resoplar y cerrar el libro, todo lo contrario, dejó un excelente sabor de boca y la sensación de haber encontrado un nuevo referente.

"Benjamín" es una novela recomendable, muy recomendable; un punto de inicio que me incita a seguir al autor en su recorrido. Recientemente ha publicado en España su segunda novela: "El aula 19"

viernes, septiembre 21, 2012

Perlas o muñecas rusas

A veces la licencia literaria gusta de tener una duplicidad, el juego de la idea y la palabra se deja domar por dos arquetipos, llamémoslos así, que contienen y definen.

Ando de relectura, por gusto, por añoranza. La elegida, una de mis novelas de terror favoritas, por no decir que la favorita: "Fantasmas", del autor Peter Straub. Ya he hablado de ella en el blog alguna vez, por lo que no entraré a decir más que me sigue pareciendo magnífica. La saco a colación en una nueva entrada porque en ella se me he encontrado con uno de esos recursos literarios que, bien manejados, hacen de la lectura un ejercicio estimulante y hermoso. El relato dentro del relato, la digresión de uno de los personajes que deja de ser personaje puro y se convierte en narrador, en trasunto, en émulo del escritor, en extensión escrita...

En este caso se trata de una escalofriante y sencilla historia de fantasmas y de perversión dentro de otra historia de fantasmas: un cuento a la manera clásica salpicado con elementos que en ningún caso son propios, al menos en una lectura superficial, del cuento tradicional: incesto, maltrato, vampirismo espiritual (sí, permítaseme el palabrejo...).

Lo he leído esta noche, y su lectura me ha traído a la memoria otros ejemplos de perlas en la ostra, de muñecas rusas encajadas una dentro de otra, que me dejaron anodadado. Uno de ellos es el clásico entre los clásicos, el juego de matrioskas por excelencia: "Mansucrito encontrado en Zaragoza", de Potocki. El otro, uno de mis referentes literarios, otra de esas relecturas obligadas: "El halcón maltés" de Hammet.

De la obra de Potocki poco puedo decir, si quisiera hablar de la historia en la historia, en la historia, en la historia..., en la historia, nunca terminaría. Simplemente, léanlo. Pero de Hammet, oh, sí, de él sí recuerdo a Bridgett escuchando a Spade relatando la parábola (considerarla parábola no es imaginación mía..., más gente lo ve así), la parábola de Flirtcraft.

 Érase un hombre trabajador, vulgar, del montón, un hombre como cualquier otro, con una existencia aburrida, una familia como cualquier otra, con deseos y necesidades vulgares, arbitrados y mediocres. Érase un hombre que nunca se ha planteado analizar su existencia, que se dejaba llevar. Érase un hombre que, un día, salió de su casa a hacer lo que hacía cualquier jornada, y que, en el camino, estuvo a punto de morir aplastado por una viga: acontecimiento brutal y aleatorio, acontecimiento señero. Un hecho  -señal- que determinó que reflexionase y decidiera, dado lo extraordinario de tal  augurio, que era necesario empezar de nuevo, cambiar su existencia, borrar de un plumazo su pasado y reiniciarse. Érase un hombre que aparece al cabo de los años. Un hombre que se ha casado de nuevo, que ha encontrado un nuevo trabajo: érase de nuevo un hombre anodino y vulgar, de nuevo el mismo rostro en un marco gris apenas diferentes al anterior marco, de nuevo del montón, anónimo, vacío. Todo cambia para que todo siga igual.

Quizá la historia escondida dentro de "Fantasmas" no tenga la intensidad, la profundidad psicológica de la de Hammet. Pero sí posee un resabio de perversión contra natura, de maldad absoluta que, espero, le guste a quien lo lea. Una pequeña joya del horror, un cuento de vampiros modernos, de los que no necesitan sangre, de esos otros que corrompen el alma con ponzoña y luego se alimentan de ella.

Y mientras seguiré a la busca de la perla, de la muñeca diminuta dentro de la otra muñeca, como buen lector.

jueves, septiembre 06, 2012

Un par de noticias promocionales y una recomendación

Hola a todos. Después del verano, de dejar atrás una suerte de pereza que aparecía cada vez que me acercaba a un teclado, vuelvo a la carga con algunas cosillas sueltas de relativa importancia.

La primera es la más reciente. Kachi, el inefable editor de saco de Huesos, me ha mandado un mail avisándome de que ya se ha puesto a la venta en formato electrónico (fb2, epub) mi antología "Carne de mi carne" al módico precio de 4€ (entrar a la ficha en la editorial). Una gran noticia, pues soy de los que apuestan por el formato digital. Ya solo falta que la obra salga a la venta en Amazon, lo cual ocurrira lo antes posible.

La segunda es la puesta a la venta ya de la antología editada por Edge en colaboración con NOCTE  "Las mil caras de Nyarlathotep", en la que colaboro con el desbarre "Caperucita Roja y el circo de los susurros", sí ese relato híbrido del cuento de hadas y la vesania cósmico-positivista de Lovecraft. Son solo 9.95€ y se puede encontrar en la FNAC, Cyberdark, así como en la propia editorial Edge.

Y la recomendación:
Esta vez abandono el terror y me sumerjo en mi otro género: el negro, y además, para satisfacción, en el producto nacional. 
Hablo del escritor Alexis Ravelo y la, hasta ahora, trilogía dedicada al ínclito "Eladio Monroy". Ambientada en Canarias: historia potente, castiza, delicada y al mismo tiempo inteligente.Un protagonista inolvidable, con personalidad propia, bragado y tierno; astuto y cabal. Lectura entretenida y con enjundia.
  • Tres funerales para Eladio Monroy 
  • Solo los muertos 
  • Los tipos duros no leen poesía

miércoles, junio 20, 2012

Elogio de la sencillez

Ando a vueltas con un para de libros: los cuentos completos, de Flannery O'Connor y "La desaparición" de Tim Krabbé. Del uno voy picando, fascinado como siempre por el maridaje excepcional y espontáneo que se da entre la literatura y El Sur de los Estados Unidos (es como si esa pedazo de tierra y sus gentes estuvieran bendecidos dentro del alma de los escritores y todo lo que se relaciona con ellos sucumbe con pasión a la atracción de la página y la tinta); del otro apenas me restan unas pocas escalofriantes páginas del escaso centenar que lo componen.


Pocas cosas tienen en común; de entre ellas yo resalto una: la sencillez. la total y absoluta sencillez de ambas obras. La sencillez es rotunda, destapa las limitaciones del autor sin asomo de piedad. Cuando la prosa se limpia de miriñaques y adornos, cuando el creador se desliga de la fanfarria y lo barroco, de los juegos y prestidigitaciones, entonces nos asombra o decepciona con su valía o su falta de empaque.

Hace tiempo, discutiendo entre copas, jarras y humo alguien dejó caer una de esas frases ocurrentes: "hay dos tipos de buenos escritores: los que son capaces de no decir nada y hacerlo con un manejo portentoso del lenguaje y sus artimañas, y aquellos otros que, con un lenguaje limpio narran la historia más trivial y la convierten en una obra de arte...", eso decía, o algo así: la memoria tiende a subvertir y acomodar las cosas del pasado a su uso y necesidad presente.

Disfruto con ambos conceptos de literatura, pero siento devoción por el segundo de ellos, por la literatura que narra sin más, que cuenta algo que deviene y muta; la otra, la literatura que se cierra sobre sí misma, que se enreda en su propia presunción no logra atraparme con la misma intensidad que su amiga pobre..., y digo pobre porque es obvio que la crítica, la élite, el academicismo, hace ya tiempo que tomaron partido por la hermana veleidosa.

Pero sigue asombrándome, como es el caso de Krabbé, la capacidad que tiene algunos autores para, sin necesidad de hacer sesudas introspecciones, sin necesidad de decorar el cuadro, de llamar de continuo a lo recurrente, solo mediante los diálogos, las acciones y el devenir simple de la historia, construyen una personalidad compleja y hacen que esta se dibuje con absoluta perfección en al mente del lector. Sigue asombrándome, como es le caso de O'Connor, cómo con un simple relato, dos personajes, una localización sencilla y un lenguaje mínimo se perfila un mundo completo, con sus complejidades y particularidades claras y distintas (como si de un fractal se tratase y toda la estructura global estuviera ya definida en la estructura microscópica).

lunes, junio 11, 2012

Compra impulsiva

Es lo que sucede cuando uno da una vuelta y, con el objeto de matar el tiempo, entra en una librería de viejo a husmear. Sucede que uno encuentra joyas y ha de ceder a la tentación sí o sí.

¿Qué sucede si te encuentras la colección completa de Acervo de "Narraciones Terroríficas", los diez volúmenes? Pues que haces un pacto con el diablo y te lanzas a por ella antes de que otro loco se te adelante.

Los que amamos los libros tenemos esa forma de ser: sucumbimos a la tentación sin apenas oponer resistencia. la llamada es un canto de sirena que desdeña el sentido común, la naturaleza prudente y el sonrojo.

Así que les iré contando, pues estoy seguro de que daré con unas cuantas joyas para la sección de este blog: "Básicos del terror"

El enlace en la Tercera Fundación donde ver la lista de obras y autores por ejemplar.

viernes, mayo 18, 2012

Básicos del terror: "Che gelida manina", Robert Aickman

Tiene la misma textura que la emoción que suscita un atardecer en la montaña, cuando oscurece, las sombras se alargan y la brisa baja por las laderas, trenzándose entre los pinos. Tiene la misma textura que ese primer trago de un buen malta, cálido, amable y al mismo tiempo retador. Textura de una cerveza de abadía, espesa, fragante, aterciopelada. Tiene esa misma textura que la caricia al descuido de un niño... Y así hasta el infinito. 

Ayer, cuando terminé de leer este relato del señor Aickman, volví a sentir esa emoción contenida que solo algunas pocas creaciones son capaces de suscitar en el espíritu... 

Sí, ya sé que el lenguaje que uso adolece de un sentido retorcido del barroquismo, tiene el olor a espacio cerrado de lo finisecular, pero me da igual: es el lenguaje que mejor transmite, en este caso, la emoción de la lectura. Y aunque las expresiones, las maneras, pueden atufar a rancio, por favor, no se les ocurra pensar lo mismo del relato origen de este comentario. Porque cometerían un grave error; sí, gravísimo error.

Y hablo de textura, sí, lo hago porque el término ha surgido de forma inconsciente y me he dado cuenta que se adecua perfectamente al juego de sensaciones/emociones que se puso en marcha durante y tras la lectura del relato. Aickman no es un escritor de "terror" al uso,es  quizá un escritor de texturas, aunque a él le gustaba más que se le considerara un "escritor de lo extraño". Acertada definición. Los relatos de Aickman tienen una textura especial, extraña, que los hace únicos. Juega al terror ocultando el terror, huyendo de él. Son pocas las veces en las que este se hace explícito, y cuando sucede, su presencia es fugaz.


"Che gelida manina" es un relato que comienza con un elemento cotidiano tan inofensivo o brutal, según se mire, como es el teléfono. Supongo que esa es una de las razones por las que lo considero tan bueno: el uso de lo cotidiano para forzar la presencia del terror, para hacer ese terror accesible, inmediato, sin necesidad de recurrir a situaciones ni elementos que requieran una excesiva suspensión de la incredulidad. Es un relato que hipnotiza, uno donde los tempos de la narración están perfectamente medidos: lentamente, a través del protagonista, vemos, percibimos y sentimos los cambios a los que este está sometido por el desarrollo (deterioro) progresivo de los acontecimientos:  misterio, soledad, extrañeza, necesidad, aprensión, angustia  y por último horror. Aickman crea un sendero milimétrico de emociones, un mecanismo de relojería preciso. Y lo que le dota de ese, permítaseme llamarlo, encanto, a la narración, es la forma en la que lo hace: sin la utillería tópica del cuento de terror; sino mediante la sugerencia, la sombra, la negación y la psicología más  íntima del personaje. Sí, definitivamente el escalofrío surge con mayor energía cuando más escondida y elusiva es la sugerencia del foco del terror, sugerencia, que no presencia.

No en vano, es en nuestra mente donde nace el horror. Es ella quien optimiza el proceso, lo conjura y llama atendiendo a las formas y medios que alimentan nuestros propios miedos.

Un consejo. Corran a comprar, a hacerse con alguno de los libros de Aickam, de él o donde él aparece, da igual. Sumérjanse en su particular visión del terror... y si leen este relato, a deleitarse con la escena final.

miércoles, abril 11, 2012

Cuerpos descosidos, de Javier Quevedo Puchal

Elogiar una novela es fácil. A veces tan fácil como ser buen amigo del autor, buscar esa amistad, o simplemente buscar un quid pro quo. A veces basta simplemente no tener una pizca de juicio crítico y sentir la presuntuosa necesidad de ver tus palabras escritas en la red.

Elogiar Cuerpos descosidos (NGC ediciones, 2011), de Javier Quevedo, es sencillo, no hay que hacer nada raro, solo leerla, disfrutar, empaparse del dolor que supura cada uno de los personajes que concurren en la obra, saturarse del olor a carne cruda, a sangre, a remordimientos, a penitencia y furia. Pero no nos equivoquemos, eso es solo la superficie, eso solo es el morbo, nada más. Cuerpos descosidos es un tour de force multifacético que sobrevuela y entrelaza la existencia trágica de unos marginados excepcionales. Cuerpos descosidos es un enredo perfectamente orquestado que habla con lucidez de algo más que el simple dolor como espectáculo, obsesión o necesidad; habla de  la hipocresía y de la corrupción; del amor en su sentido más límpido y de ese otro sentido retorcido y corrupto..., nos muestra que nada es lo que parece y que en los lugares e instituciones donde debería surgir un amor sin calificativos, a veces solo surgen horror, destrucción y manipulación, os sea: un amor corrompido que modela monstruos pudriendo la inocencia, marcando para siempre a las personas y a cuantos les rodean.

Y si hay una palabra que se me viene a la mente tras leer el libro, un denominador común más allá del dolor, esa es la palabra "redención". Sí, en mi opinión, Cuerpos descosidos nos habla al final no solo de el dolor (el dolor se queda solo en una excusa o un mecanismo), sino de la fatal búsqueda de la redención que obsesiona a aquellos que tienen el alma descosida, de los caminos que cada uno de esos individuos toma para intentar llegar a ella: atajos, autopistas, eriales y laberintos.

Javier nos ofrece una de las mejores novelas de la ficción española que he leído este año. Una obra que, al igual que la editorial que la publicó, merece mejor suerte, merece que deje de circunscribirse a las fronteras de este reducido mundo de los amantes de la literatura de género. Una obra que recomiendo encarecidamente a cualquiera.

viernes, marzo 30, 2012

Marchlands

Hay un terror moroso, lento por imposición, un terror que engaña en su laxitud, que no es más que eso, laxitud mal entendida, una demora sin fondo que el autor considera una buena arma para crear inquietud. Suele ir acompañada de un efectismo mal acompasado, de arranques intempestivos que tratan de sorprender al lector/espectador, de levantarlo de su asiento, pero que lo único que logran es hacerles fruncir el ceño y hacerles exclamar algo parecido a "solo sabes ofrecerme eso".

Luego está ese otro terror pausado, el terror que requiere de un tempo calmo en sí mismo. Es el terror que no puede apresurarse porque entonces pierde todo su poder de evocación y de intimidación. Es un terror que puede ser gradual o no, pero es un terror acumulativo en la percepción del lector /espectador. Los hechos, los personajes, se desgranan al ritmo necesario (en él los personajes son esencialas, más aún que los mecanismos del terror en sí). Aunque no nos engañemos, también hay trampas, hay olvidos necesarios, interrupciones, ocultamientos..., pero el autor maneja esas herramientas con buen hacer, oculta, atrasa, engaña con el objeto de mantener un nivel básico de incredulidad y de tensión, sin el ánimo de ofuscar y ocultar los puntos flacos de la historia, todo lo contrario, intentando subrayar elementos esenciales de ella.


La serie británica "Marchlands" nos ofrece una acercamiento de este segundo tipo. Y lo hace entre dos aguas, flotando entre ese terror gótico asociado a una actitud, a una ambiente, a un lugar; y el terror victoriano tardío de la Gosth Story. Desgrana una tópica historia contemporánea de casa encantada con fantasma, con el discurso narrativo dividido en tres hilos temporales, que se entrelazan y complementan a la perfección: la época que da origen a la trama, una intermedia y aquella en la que la trama encuentra la solución. Así como otras series similares se centran en los eventos, en la forma, en el espectáculo; esta prefiere evocar la historia mediante los personajes. Son ellos los que nos transmiten la angustia, el miedo,  y la incertidumbre..., son los amplificadores necesarios, dado que el lado sobrenatural, aunque no inexistente, sí está reducido a lo esencial.

Podríamos hablar de un terror indirecto.

Una buena recomendación para aquellos que gusten de cierto tipo de terror sobrenatural de baja intensidad, de historias bien hiladas -sin caer en el culebrón o la parodia-, para aquellos que no necesitan encontrar un discurso rompedor, novedoso, sino una buena ejecución de una vieja idea, de una idea eterna y recurrente.

jueves, marzo 01, 2012

Crematorio - El libro

Hace unos cuantos meses llegó a mis oídos la noticia de que se estaba emitiendo en un canal de pago una serie llamada Crematorio, basada en un libro homónimo de Rafael Chirbes. Y en los mentideros se hablaba de esa serie como de una joya, una serie que no poseía la indiscreta mediocridad de buena parte de las series españolas. Eso picó mi curiosidad y, al cabo de un tiempo, di con el libro, lo compré y lo leí.

A veces uno se pregunta cómo no ha leído algo antes, cómo no ha sido capaz de descubrirlo de motu propio, por qué le ha fallado ese instinto cazador, ese presentimiento que nos asalta en la librería. Crematorio es una joya, eso sí, una joya no apta para los que ven la literatura como algo fácil de deglutir, como un mero pasatiempo en el que no aplicar esfuerzo. Crematorio da, pero Crematorio pide, y pide mucho. Es un libro intenso, denso pero sutil,;equilibrado dentro de su aspecto, a primera vista, pesado; engañosamente alambicado.

Crematorio es el resultado de una vida, un colofón transitorio, espero, donde se intuye que el autor ha descargado, no solo su buen hacer literario, sino también su experiencia vital e intelectual..., y esto último podría dar como resultado un tostón pedante, pero no: Chirbes se sirve con cuidado de esos guiños vitales, intelectuales, para dibujar a trazos aparentemente gruesos -realmente de una finura excepcional- una parte de la historia en la que España está inmersa actualmente. Y lo que es más difícil, lo hace desde el punto de vista de la intimidad de los personajes que desfilan uno a uno, monólogo a monólogo, capítulo a capítulo, por el libro; de sus pensamientos, de sus filias, fobias, deseos y frustraciones.

La vida individual caracteriza y muestra, con la prosa de Chirbes, esa otra vida general, histórica y cultural, sin perder esa sustancia que nos acerca a los personajes como entidades propias.

A los amantes de la buena literatura: no hay que dejar de leer este libro.

miércoles, enero 25, 2012

Los libros huidizos

Hay libros que encuentras, otros que vienen a ti sin apenas llamarlos, otros que juegan contigo al escondite durante unos días..., y luego están aquellos que requieren paciencia, aquellos que sabes que son, pero no dónde están, aquellos, que, a la postre, aparecerán cuando el azar o la necesidad lo decidan.

Ya me sucedió, fue hace unos cuantos años: había leído "Cannery Row", uno de los libros segundones de Steinbeck, un libro delicioso y algo excéntrico. Tras leerlo, me enteré de la existencia de algo que podríamos llamara una primera parte o precuela "Dulce jueves". La búsqueda duró años, unos cuantos, muchos...; no había internet tal y como ahora la conocemos, nada que facilitase las cosas. Todo se limitaba a librerías de viejo, a escarbar, a esperar. Por fin apareció, en una reedición. Y entonces se dio esa extraña emoción de lector fetichista, esa "pequeña muerte" que se presenta y te estremece cuando tocas la portada y pasas los dedos por las primeras páginas, olfateando el aroma de la tinta.

Y ha vuelto a suceder. Quizá de una manera diferente. Ahora ya hay internet..., pero con este libro sucedió lo que con otros, de tanto esperar, se aletargó el ansia, y la memoria lo despejó de su pantalla principal, relegándolo a un semi olvido de telarañas y polvo. Y he aquí que el otro día, caminando por el Casco Viejo de Zaragoza, espoleado por mis dos perras, arrastrado por ellas, por el frío gélido que cuajaba el Cierzo, que pasé por delante de una de esas librerías de viejo: "Luces de Bohemia". Había una expositor en la calle, lleno de libros desgualdramillados, enmohecidos, viejos... un expositor que expulsaba ese olor característico del libro viejo saldado, en las últimas..., un olor que a los tipos como yo nos aguijonean, nos transmutan en sabuesos, en yonquis improvisados.

Me detuve, mis perras me miraron extrañadas, una de ellas empujó impaciente, aterida, y la detuve; hurgué desganado, con la prisa espoleando mis dedos. Y entonces apareció. Lacerado, amarillento, o  como a mi me gusta decir, con personalidad propia. Porque hay libros de segunda mano que para unos parecen ajados y heridos, pero que para mí  realmente han adquirido es una esencia propia, peculiar; sí, una biografía peculiar que transpira en el papel. 

Se trataba de un ejemplar "Al sur de Granada" de Gerald Brenan... Ahí estaba. Deseado y olvidado. Un ejemplar usado, un ejemplar que contenía algunas sorpresas. Me gustan los libros de segunda mano que guardan en sus entrañas olvidos o recuerdos de sus antiguos propietarios. Es como si se creara un nexo invisible con ellos, con la emoción que sintieron al leer y poseer el ejemplar. En este caso había dos instantáneas y una postal. la postal era de las Alpujarras, las fotos, dos pequeños recuadros sobreexpuestos donde, en uno se veía un gato ante un portal encalado, y en el otro la placa que el pueblo de Yegen erigió para homenajear a Brennan. Era obvio que quien tuviera el libro, había ido hasta Yegen para ver con sus ojos lo que quedaba de lo que Brenan había descrito. El libro, quizá, había estado allí.

Ahora ando a vueltas con "Al sur de Granada". Gozando de esa locura lúcida de un inglés de clase media, con ganas de cambiar de vida, de leer y aprender, que le impulsó a instalarse en los años veinte del siglo pasado en un pueblo perdido de Las Alpujarras. 

Disfrutando.

miércoles, diciembre 14, 2011

"Largas noches de lluvia" Marc no defrauda


Hace un tiempo, creo que en la Hispacón de Huesca del año 2009, pero mi memoria puede fallar, tuve la oportunidad de escuchar a Marc R. Soto "contarnos" uno de sus relatos: "La sonrisa del reloj". Escuchar a Marc compartiendo una de sus obras es uno de esos placeres que pocos pueden obtener en este mundillo diminuto de los creadores de terror. Los relatos de este espléndido autor están hechos para ser leídos, para hacerlo, si uno tiene paciencia y curiosidad, en voz alta. No pierden un ápice de frescura, no pierden nada de la inquietud que los impregna y esta se transmite al lector como una corriente de aire frío.

"Largas noches de lluvia" se compone de tres actos: dos relatos y una novela corta, engarzados entre sí por un mismo entorno. Quizá parezcan independientes, sueltos, peregrinos, pero tras la lectura completa, uno ve cómo los trazos, en apariencia inconexos, conforman un dibujo completo, compacto.

Los dos relatos nos abren el telón, entre ellos aquel que nos leyó, nos preparan el paladar para el bocado final: exquisito en su sabia mezcla de costumbrismo, género negro y una pizca mínima, justa de terror .

Marc es de esos escritores con el don del malabarista: maneja el lenguaje a sus anchas, sin aparente esfuerzo, para goce del lector, y si a eso se une su pericia a la hora de componer tramas y personajes, personajes perfectamente ajustados a esas tramas, el marco, el paisaje, se llenan y esto nos invita a la lectura.

No leer a Marc es un crimen. Se lo aseguro. Ya sea su última publicación, o la anterior "El hombre divergente", otra joya del fantástico contemporáneo español


lunes, noviembre 14, 2011

El monstruo en mí

No. Que no se trata de un extraño desdoblamiento de personalidad ni nada por el estilo. Es el título de la antología de José Ignacio Becerril Polo publicada por Saco de Huesos. Kachi, editor, tuvo la amabilidad de enviarme un ejemplar para que le echara un vistazo: oye, José María, lee esto y me dices qué te parece, incluso si ves que merece la pena, le haces una reseña en tu blog. Normalmente no suelen enviarme obras para su lectura y valoración, tampoco he propiciado esto... así que cogí la obra con cierta curiosidad, por no decir con distanciamiento, asustado después de otras decepciones.

Sin embargo me di de bruces con una sorpresa agradable. Y es que pocas veces uno se encuentra con una joya... y no hablo del libro como totalidad, hablo del relato/novela corta "Casa deshabitada". Podría exagerar y decir que es lo único salvable del libro, pero mentiría. Lo que sucede es que, el salto de calidad argumental y estilística es tan brutal cuando se compara el resto de las obras del libro con esta, que uno se siente, por decirlo de alguna manera, decepcionado... susurrando un quiero más así. Si el resto está bien, menos bien... nunca decepcionan... pero, quiero más "Casas deshabitadas". ¿Si has creado esto, porque no sigues por ahí?

"Casa deshabitada" es un cuento de monstruos, de casas encantadas, de seres extraños y sentimientos universales: una hermosa pesadilla nacida de un Ligotti en sus buenos momentos. Tierna a veces, escalofriante otras. Si hay algo que agradecer a Nacho es su portentosa imaginación cuando se pone en las distancias medias, su capacidad de parir universos, imágenes atrayentes, personajes trazados con cuidado y mimo que nos llegan al alma.

Todo el acartonamiento presente en los relatos más cortos, se esfuma en el resto de sus compañeros más extensos. No digo que aquellos sean malos, es solo que no poseen la misma frescura que estos, beben de fuentes manidas, son como los experimentos que realizamos los escritores para medirnos, para valorarnos en una comparativa con algo ya conocido. Sin embargo, cunado se lanza al abismo del relato largo, se olvida de los lugares comunes y desarrolla toda su imaginación.

El libro se marca y define con el concepto del monstruo, pero una lectura menos superficial nos habla de la honda preocupación que realmente, a mi modo de ver, mueve al autor, y es su obsesión con el conflicto entre lo que es real e imaginario, lo que percibimos y lo que es, entre la vigilia y el sueño... "La ciudad inhabitada", otro buen cuento, es el mejor ejemplo de ello, aunque se desliza sin ambages en buena parte del resto de contenido.

Por último una sonrisa, una sonrisa al leer ese homenaje al pulp más descarado que es "El hombre que soñaba con mariposas", un desbarre divertido,procaz y original.

Nos encontramos ante un autor con voz propia, un autor al que le queda un largo camino, que todavía vacila mucho en su redacción, en su gramática, que no ha afianzado su estilo, pero que promete, promete mucho visto lo visto. Uno de esos que conviene anotar en la agenda para el futuro.

miércoles, noviembre 09, 2011

La verdadera esencia del mal

La afición por la literatura de terror puede ser vista como una de esas inclinaciones aberrantes, o cuando menos extraña.

Cuando me preguntan la razón por la que me atrae el terror, no sé bien qué contestar fuera del tópico "me gusta", algunos absurdos ruiditos vocales asociados a la reflexión, un encogimiento de hombros y poco más; la verdad es que siempre me ha fascinado el mal, no como algo que me atraiga en sí mismo. porque contenga una belleza sublime, ninguna belleza..., no me considero un sociópata, al menos todavía, sino como uno de esos elementos aberrantes, pero que están presentes en el alma humana, modelándola y en su comportamiento, guiándolo; algo que se sublima en el arte de una forma peculiar, algo merecedor de atención y curiosidad en su formas preternatural o real.

Creo que cuando escribo, siempre ronda tras del argumento, de la intención profunda, esa inclinación reflexiva. La ficción es como un laboratorio, una bandeja de Petri en la que hacer crecer bajo control ese moho maligno...

Pero a veces uno se acerca por otras vías a ese otro mal, el mal con mayúsculas, el mal real, con víctimas reales. Entonces el escalofrío, el terror, la confusión se amplifican hasta extremos dolorosos: quizá sea que saber que lo narrado es verídico, sin adornos ni melindres que lo atenúen o embellezcan, hace que la empatía y el asco espumen y nos invadan consumiéndonos un poco.
Leer "Eichmann en Jerusalem", de Hannah Arendt hace que a uno le canee el cabello de manera prematura, hace que a uno se le venga encima la carga de humanidad que, en su sentido más oscuro, nos sobrevuela a todos como especie.

Se han escrito muchos libros sobre el horror nazi, pero esté posee una crudeza sencilla que lo diferencia; su envoltorio ensayístico, neutro en algunos momentos, dibujando la génesis que llevó a seres humanos vulgares y anodinos, seres en los que uno bien puede decir que la maldad, la más pura y cruel maldad, no anidaba en ninguna manera, a cometer el más atroz de los genocidios, como si de un trabajo burocrático más se tratara.

Para no sucumbir, no hay que olvidar, para no olvidar hay que explorar e investigar: recordar y analizar el pasado.

El mal, el de verdad, está mucho más cerca de nosotros, de cualquiera de nosotros, cuando las circunstancias son las propicias, de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Hace ya tiempo que leí el libro... catarroso, me acuerdo de anotar y comentar acá esta lectura, y me preparo para encarar en breve la recientemente publicada "HHhH", de Laurent Binet, que habla de la operación de comandos en la que se asesinó a Reinhard Heydrich, jefe de la gestapo y uno de los más crueles aplicadores de la "Solución Final".

miércoles, julio 27, 2011

Diástole y Charbuque. Bueso y Ford

Siempre me he preguntado por la razón de ese provincianismo pacato dentro del mundo editorial con respecto a la literatura de género, en concreto, de nuestro género de cabecera, el terror... con respecto a nuestros autores. Supongo que se trata de la misma inercia, no sé si entre ignorante, elitista o tontamente comercial, que nos hace despreciar tantas otras cosas.

Una vez más la realidad abona esta duda. No hace mucho tuve la suerte de leer el libro “Diástole” de Emilio Bueso, uno de esos golpes de fortuna que a todo lector de buena literatura le reconcilia un poco más con el mundo. Hace menos cayó en mis manos “El retrato de la señora Charbuque” de Jeffrey Ford.

Conforme avanzaba en la lectura de este segundo libro veía con sorpresa cómo ambas obras bebían de idénticas premisas y se desarrollaban con cierta similitud de fondo, aunque con personalidad propia bien distinta (para distanciarse finalmente por completo). En ambas, un pintor entremetido en circunstancias personales que le hacen dudar de su valía, de su futuro, de su propia esencia creadora, recibe un encargo singular a cargo de una persona también singular en condiciones singulares. Ese trabajo se convierte en el eje sobre el que deciden pivotar su existencia, un eje esencial que les va a permitir reconducir, en cierta manera, su existencia. En ambas obras cobra protagonismo una trama paralela, casi más importante que esta primaria, en la que el contratista usa la narración de sus vivencias para conformar y moldear la inspiración del artista a la hora de crear la obra. Unas vivencias extrañas, atractivas que definen a ese otro protagonista a los ojos del retratista, que componen un juego de brochazos imaginarios que trazan las líneas fundamentales sobre las que elaborar el retrato físico.

“El retrato de la señora Charbunque” se puede definir sin miedo a equivocarse como un best seller, una de esas obras apadrinadas por el apellido de un escritor de cierta enjundia en los circuitos del extranjero, una de esas obras que, nada más ser editadas en Estados Unidos, son compradas por la correspondiente editorial española en un ejercicio de confianza ciega, de mimesis, de seguidismo. Ford “triunfó” con su anterior obra, “La niña de cristal”, otro best seller de calidad, lo que probablemente le abrió las puertas a un glorioso regreso. “El retrato… ” es una buena novelita, sin expectativas, un buen entretenimiento veraniego. Va más allá del simple best seller, no mucho más. Es una obra elaborada siguiendo las reglas que definen este tipo de libros, aunque en manos de un escritor fogueado, que trabaja bastante mejor que otros vates profesionales, y siente la literatura como algo más que un negocio, lo cual se agradece. Librito de venta playera asegurada, de boca a boca...

“Diástole” lo tuvo peor. “Diástole” aguardó impaciente y desesperada una larga temporada criando polvo en un cajón; no tenía padrinos. “Diástole” no se deja adscribir a ningún encorsetamiento que facilite su salida al mundo real. Podemos calificarla de muchas formas, sí, pero no clasificarla con la facilidad con la que lo hacemos con esas otras obras de esquema fijo, de personajes manidos, obras de laboratorio y despacho. “Diástole” es un grito, un soplo de aire fresco que, los que amamos el terror, hemos tenido la suerte de poder leer —y quien no lo haya hecho, que corra, que corra a comprar el libro, porque no sabe lo que se está perdiendo—. Emilio se ha sacado las tripas y las ha puesto encima de la mesa.

Ford no arriesga; Bueso juega continuamente a la ruleta rusa. Ford sigue un esquema cargado de clichés; Bueso manda los tópicos al carajo, huye de ellos si no es para reírse abiertamente de su futilidad. Ford busca un lector desapasionado, un lector vago, un lector convencido de poseer un cierto nivel cultural, pero que busca papillas fáciles de digerir, sobre las que ahblar en la correspondiente cena; Bueso busca jugar con el lector, pelear con el, forzarle, impresionarle estrujarle, vapulearle en busca de su límite, busca lectores con ganas de pelea. Ford toma la fantasía como un elemento esencial, pero la desactiva, la hace digerible, neutra; Bueso crea con ella una filigrana de luces de neón, se somete a su fascinación y nos somete a nosotros de paso. Los personajes de Ford fluyen en una corriente monocorde que los aleja, del lector, que no invita a un mínimo ejercicio de sintonía; los de Bueso chispean, brillan con resplandor cegador, su personalidad y circunstancias nos abruman, nos obligan a odiarlos o amarlos. Ford se va apagando conforme llega el final de libro, abre un resquicio que nos permite ver que todo va a acabar tal y como debe acabar; Bueso, por su parte, hace la lectura si cabe más adictiva, desaforada, acelerada y chispeante conforme el final llega, se guarda un as en al manga con el que impresionarnos, una traca final en el mejor estilo valenciano.

Uno termina de leer el libro de Ford y lo deja en el rincón de los libros olvidados, en el montón que, cuando pasen unos meses, bajará al trastero para que no ocupen espacio. Uno termina de leer el libro de Bueso y lo guarda en un estante a la vista, cerca, por si surge la impulsiva necesidad de volver a leerlo, de volver a disfrutar.

Sin embargo, si me voy a las listas de ventas, estoy seguro de que Ford habrá vendido quizá un par de miles en España, mientras que Emilio debe esforzarse día a día para sacar adelante su “Diástole” de forma digna.

Afortunadamente la gente de Salto de Página confió en él y supo ver la brillantez escondida encima de la capa de légamo que pone la etiqueta del “género”.

Esperemos que algo cambie.

jueves, julio 21, 2011

El juego de los niños, de Juan José Plans

Hay libros que nacen y se desarrollan lastrados por un mellizo bastardo cinematográfico, y lo de bastardo no lo digo en este caso con animosidad, ni con lengua bífida; hablo de una bastardía metafórica y no insultante, si es que eso puede existir.

Ya he hablado de la película "¿Quién puede matar a un niño?", se trata, sin duda, de uno de los iconos del terror español. Pues bien, la película bebía del argumento de un libro del escritor y periodista Juan José Plans: "El juego de los niños", una obra semi olvidada, de esas de una sola edición añeja y casposa, que los aficionados, llegado el momento, buscan con denuedo y ansia. Podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que de nuevo el cine se comió a la literatura, y que la novela de Plans, pasó a un limbo menor eclipsada por la extraña belleza del filme de Ibáñez Serrador... un limbo del que ha salido gracias a la editorial "La página".

Ya saben cuánto me gusta hablar de los mecanismos del terror, cómo se me llena la boca con ese término. Una vez más nos detenemos en uno de dichos mecanismos, uno que ahonda en las raíces de nuestra biología, de nuestro instinto: los niños y el concepto de inocencia que llevan adherido en nuestro subconsciente. Plans nos plantea un microcosmos en el que, debido a una fenómeno inexplicado, los niños dejan de ser esos seres a priori inocentes e inofensivos, para pasar a convertirse en improvisados ejecutores de una, llamémosla restitución biológica con tintes morales. La ruptura de los papeles morales y biológicos arbitrados y conocidos nos perturba, perturba a los protagonistas hasta el punto de aniquilarles, nos habla de lo fácil que es encontrarse ante el terror con tan solo variar sutilmente un elemento de nuestra existencia. Esa preconcepción, ese instinto que nos muestra a los niños como seres inocentes por naturaleza, seres a los que hay que proteger, se convierte de repente en un lastre capaz de angustiar al lector más bragado.

Plans es conocido por su programas de radio, por las dramatizaciones de clásicos literarios, tanto de terror como de cualquier género. Es algo que se nota en el estilo de la narración: es rauda como la literatura oral; el autor no recurre a elementos de alambique y artesanía; capítulos cortos; los diálogos como la base sobre la que sustentar el hilo argumental; personajes bien definidos, sencillos, sin matices que no permitan escapar del meollo de la cuestión al lector; la inmersión inmediata en el miedo dentro de un paisaje a pleno sol, aparentemente idílico, contrapunto ambiental a esa otra oscuridad del alma, omnipresente en toda violencia inexplicable.

Uno termina de leer muy rápido "El juego de los niños" quizá sea una de las pocas cosas en contra. Demasiado rápido como para sentir el efecto del miedo de forma sincrónica. Esa asincronía nos golpea al poco rato de cerrar las páginas, cuando lo pensamos, cuando lo digerimos. Da la sensación de que Plans se quiso quitar de encima lo más rápido posible el trasunto, como si la idea subyacente, a la para de original, fuera demasiado incómoda y doliente como para alargar demasiado el proceso creativo.

Por supuesto recomendar su lectura, no solo por su supuesta calidad, por el peso histórico que sostiene, sino también porque se trata también de una de las pocas obras de género de terror que podemos encontrar hurgando en la historia de la literatura española del pasado

martes, julio 12, 2011

"El país de los ciegos", de Claudio Cerdán

Tuve la suerte de poder compartir unas pocas horas con Claudio en la presentación de este su libro en Zaragoza. Pudimos hablar de novela negra, de uno de esos géneros que tanto a él como a mí más nos llaman la atención, de nuestros gustos, coincidencias y disparidades. Fue una velada fantástica, acompañados de Óscar Birbián, Fer y Roberto Malo.

Ya he leído el libro, y todo lo que se me prometió se ha cumplido con creces. Cerdán no se anda por las ramas, escribe género negro patrio, negro de verdad, nada de edulcoraciones policíacas, nada de intrigas psicológicas, nada de ingeniería literaria; si una de las facetas de Lo Negro, que tienen unas cuantas, es la de sumergirse en lo más primordial, degradado y real, real con mayúsculas, de la sociedad y de los subproductos humanos que esta origina; sumegirse sin componendas, adornos o bisoñeces..., ahí se ha sumergido Claudio de la mano de su personaje, El Tuerto Durán, y de la cohorte de espléndidos secundarios que le acompañan. El binomio Cerdán/Durán, dibuja una ciudad de Alicante sin aditivos, sin maquillaje; toda ciudad tiene sus monstruos, el instinto de muerte escondido, una faceta desintegradora, una amoralidad latente... en definitiva, un reverso oscuro, pero tan real como el luminoso. y Alicante se conforma como el marco, despiadado y tenaz que protege cual útero inquietante las andanzas y aventuras de Durán y sus asociados.

Es una novela vertiginosa, brutal, ordenada y sentimental; con ese fondo sentimental que nos proporcionan los anti-héroes bien dibujados. Una novela que bebe de algunos de los convencionalismos de la mejor novela negra sin caer en el pastiche o en el remedo vulgar, aportando algo de aire fresco y alegría al lector; y por favor, cuando digo convencionalismos, no lo hago en el sentido negativo, solo descriptivo, sin valoraciones.

Un buen consejo veraniego: cerveza bien fría, sombra y "El país de los ciegos"

Blog de Claudio

lunes, junio 13, 2011

El vampiro de Ropraz

A veces lo crudo, lo muy terrible, lo inconcebible, es bello. Jacques Chessex lo sabe, y nos ofrece uno de los primeros capítulos más hermosos, impactantes y embriagadores que haya leído en mucho tiempo.

El vampiro de Ropraz es un librito de esos que hay que leer con mesura, con el estómago bien aposentado, preparados para enfrentarnos con la bis oscura, más oscura y primitiva del ser humano.

Aquel viejo precepto que la modernidad (ya ningún espacio, de facto, está aislado, no así las personas, claro) ha desvirtuado; ese viejo precepto, digo, que postulaba que los paisajes definían a los habitantes, se hace real, muy real, en la narración de Chessex. Lo mórbido, lo inhumano, lo fosco, lo supersticioso, aparecen como supuraciones del aislamiento, de un paisaje hosco, ingrato y estéril. La esterilidad de la tierra se concreta en la esterilidad de la piedad y la alegría de sus habitantes; lo agrestre de la tierra hace agrestres, no solo al asesino, sino a quienes se ven ofendidos, vejados e intimidados por su presencia invisible pero omnímoda.

El vampiro de Ropraz no es un libro de terror, no es un librito al uso, pero si es un libro terrorífico en su sencillez y claridad. La belleza de la prosa del autor es el contrapunto, entre absurdo y sorprendente, del contenido cruel que dicha prosa conforma. Su cortedad magnifica ese efecto de martillo eficaz, de martillo del alma. No hay paz al leer el libro, que nadie la busque.

El vampiro de Ropraz es un libro que nos habla de comportamientos, consideraciones, reflexiones y conclusiones que luchamos por evadir y alejar, nos los pone delante con toda crudeza y nos recuerda que el camino a la oscuridad está ahí, al acecho; no solo el sendero que recorre el asesino, sino el camino que luego transitan los testigos y víctimas; nos dice que está más cerca de nosotros de lo que estaríamos dispuestos a aceptar o pensar siquiera.

jueves, mayo 19, 2011

Esa lista de los deseos: golosina

Hace tiempo, cuando creé el blog, introduje en los menús que aparecen a la derecha una sección con una Lista de los deseos, esos libros que me gustaría poseer y no solo leer. Hace ya años que la quité, no era más que un guiño egoísta, sin más sentido que el de decirle al mundo, mira estos son mis deseos, y así, quizá definirme un poco mejor.

Sin embargo la Lista sigue existiendo, en mi cabeza, proteica, mutable, sacudida por mareas, tempestades y desengaños...

Y ahora se le une un nuevo miembro. Una de esas joyas a las que Valdemar, la editorial, nos tiene acostumbrado, maltratando nuestro bolsillo en crisis.

La Cabeza de la Gorgona y Otras Transformaciones Terroríficas

«La cabeza de la Gorgona y otras transformaciones terroríficas», una antología de cuentos de horror que descubre la fascinación del hombre por los monstruos. Si en la actualidad la teratología –literalmente, «la ciencia de los monstruos»– ha demostrado que las alteraciones/deformaciones del cuerpo humano son resultado de sus errores genéticos, de la variedad de sus mutaciones, en la antigüedad el monstruo era el contravalor de la vida. Rezumaba negativismo, era una cosa demoníaca, un atentado al Orden, que ponía en cuestión todo aquello que se consideraba «normal».


Supongo que llegado un cumpleaños, un ingreso extra, lo que sea, lo sacaré de la Lista y lo meteré en un anaquel.

miércoles, abril 06, 2011

"Y pese a todo," de Juan de Dios Garduño

No soy muy aficionado a los zombis. No. Me cuesta, quizá sea una prevención irracional. Lo sé. Eso es lo que me ocurrió con la novela de Juande. La tenía en mente, su fantástico éxito, su concreción como un icono de la literatura fantástica española, pese a quien le pese, un hecho innegable, subrayado por su futura versión cinematográfica.... pero no me atrevía. Hasta que gracias a la encendida insistencia de Fernado Martínez, nuestro querido Fer, me puse a ello.

Puedo decir que me lo leí en un día, que en términos generales me lo pasé bien, en algunos momentos muy bien, aunque no terminó de cuajarme.

Desarrollemos esto un poco: (Hay spoilers, aviso)

La primera mitad del libro es espléndida en su sencillez y buen hacer. No flojea apenas, mantiene la tensión narrativa y plasma a los personajes con gran profesionalidad, trazo fino, aunque no aburrido, con buena mano —la simpleza a veces es una buena herramienta si se usa bien, y aquí está muy bien llevada—; Juande tiene un buen manejo del entorno preciso a la par de no demasiado absorbente. La trama es apasionante, fresca dentro de lo manido que el tema puede ser a primera vista. Lo cual se agradece. La relación de ambos personajes y de ellos con los secundarios, llevada con los flashbacks está bien llevada y no chirría como a veces sucede en otros casos. Es realista y hace que nos sintamos, en cierta manera implicados en la narración, cercanos a los personajes, a sus problemas, a sus emociones.


Segunda parte... a partir del capítulo en que se produce el reencuentro en la amistad... para olvidar. Hay un punzante cambio de registro, de modo de abordar los personajes. Demasiada moralina emocional en algunas ocasiones, tanto que llega a ser sentimentaloide, es como si el autor temiera llevar el mismo tono de antes, como si, inseguro, no se atreviera a cargar esa emocionalidad en los diálogos o en las acciones y tuviera que hacerlo evidente y pastoso. No es que no deba haber emocionalidad, pero la forma en al que aparece, rompe tanto el ritmo como el tono muy bruscamente; da la sensación de haber tirado por el camino fácil, apresurado.

Sobran, a mi entender, un montón de diálogos/monólogos, sobre todo aquellos en los que ambos personajes se ponen a describir la situación política e histórica... son cargantes, fuera de lugar, muy largos (creo que le editor acá debiera haberle cortado las alas, no hablan los personajes, se nota que habla el propio Juande).

En ese segunda parte hasta cambia en muchos sitios el lenguaje, de sencillo, pero preciso y potente, pasa a ser tramposo en algunos casos, débil y poco trabajado en otros., cosas de la prisa, supongo... algo a lo que yo mimso, como autor, a veces también me enfrento La aparición de la mujer en el tramo final es como un grano en la piel, no porque sobre... es un buen prólogo al hecho de que al final aparezcan los supervivientes, sino porque le falta enjundia, es demasiado superficial y apresurada, es un secundario que me hace quedarme con una mueca de extrañeza. Una cosa es apretar el acelerador de los acontecimientos para contagiar el frenesí al lector, y otra muy distinta, apresurarse, no sacarle todo el partido a la situación que él mismo ha generado, y creo que no se lo ha sacado… el libro pedía un final más extenso, no cargarlo todo en el simple enfrentamiento, sino en una cierta dosis extra de drama personal.

No me importa que haya situado la acción en Maine, no me choca, no parece que haya trasladado la forma de actuar, hablar y comportarse de una ciudad española, sino que se ha molestado en darle el tono y la ambientación requeridos.

Quizá le hubiera concedido un poco más de protagonismo a la niña. De la misma forma que se detiene en cómo afecta todo a los dos hombres, sus miedos, sensaciones, alegrías, esperanzas rotas, quizá debiera haber hecho algo similar con la niña: un punto de vista desde la inocencia y el desconocimiento como contrapunto de la pesadumbre y desesperanza que impregna a los dos hombres.

Tampoco me molestan los monstruos. Son el contrapunto dramático necesario, sin el cual la historia no pararía de divagar, es lo que hace que el final se desencadene y los personajes actúan. Aunque los voladores quizá si sobraran.

Creo que si Juan sabe llevar lo que escribe como en al primera parte, sus obras ganarán en fuerza y profundidad. Esa primera parte me hizo pensar en esas novelas profesionales, trabajadas dentro de su aparente sencillez, de esas que no quieren engañar a nadie, que cuentan una historia, una buena historia y lo hacen de una forma natural.

Estaremos atentos s su siguiente obra: "Apuntes macabros"