Hace ya tiempo, en algún lado leí algo referente a las extrañas casualidades que acaecen en la vida de cualquiera. Estas sincronías, producto de la casualidad, a veces nos aturden por su aparente carga de causalidad. Y hablo de esto porque, en breve tiempo, he vivido dos de estas experiencias.
La primera fluye de este blog, de la anterior entrada en la que hablaba de esa 'desacralización' del terror. Surgió al poder ver una vieja y magnífica película: "el héroe anda suelto [Targets]", dirigida por Peter Vogadanovich, interpretada por un fantástico Boris Carloff, producida por Roger Corman. El filme enfrenta a una vieja gloria del cine de terror clásico ya cansado, con un asesino contemporáneo pleno de juventud y facultades: una especie de cara a cara entre lo que producía terror en el pasado y lo que produce terror en el presente. A cada escena, y sobre todo, al final de la película, surgía en mí esa extraña sensación de "esto yo ya lo había pensado antes, mira qué casualidad", lo viejo y lo nuevo, el cambio de marco con el cambio de creencias o la desaparición de estas...le paso d elos sobrenatural a la pura maldad humana. La película es recomendable, muy recomendable. El juego de espejos, el lenguaje subyacente, son un manjar para buenos degustadores.
La segunda vino mientras leía el libro "la bruja de abril" de Majgull Axelsson; la protagonista, una mujer inválida (entre otras cosas), posee la cualidad de salir de su cuerpo para entrar en los cuerpos de animales y personas, y lo que generó la casualidad, también se considera una "benandanti". El libro anterior a éste en la pila de lectura, se trata de "Historia nocturna" de Carlo Ginzburg, un historiador y antropólogo italiano; obra en la que realiza un largo e instructivo repaso de los antecedentes históricos, folclóricos religiosos y mitológicos del aquelarre; libro en el que se le da una gran importancia a este grupo de personas, los benandanti, nacidos en la Italia de los siglos XVI y XVII, que en los equinoccios poseían la capacidad de hacer salir a su espíritu del cuerpo físico, dormido, para sostener luchas épicas, armados con ramos de hinojo, contra las brujas, en lo que se supone es un culto/rito para proteger la fertilidad de las cosechas. La verdad es que esta secta, culto o como queramos llamarla, me causó interés al leer el libro del italiano, dado que no conocía su existencia, y el tema de las sectas heréticas, ritos y folclore brujeril siempre me ha atraído. Así que imaginen cuando el tema se repite justo en mi siguiente lectura.
En ninguno de los dos casos conocía la posibilidad de la existencia de las coincidencias. Aparecieron , ahí, sin más. En ambos la causalidad me sorprendió agradablemente.
Me gusta pensar, no que piensen por mí. Me gusta Reflexionar acerca del mundo en el que vivo... me gusta el miedo y la buena literatura.
miércoles, julio 29, 2009
viernes, julio 17, 2009
Secularización del terror
La Hispacón 2009 de Huesca —gracias, chicos y chicas de Oskafriqui— se acerca. Prometí exponer una ponencia, conferencia o como quiera llamársele, enmarcada en el pretencioso título La mitología del terror, uno de esos encabezamientos que dejan al ponente un gran radio de acción para explayarse deslizando la reflexión por un amplio espectro de posibilidades. Así que ando dándole al caletre, anotando mentalmente puntos, esbozos, futuras lecturas y líneas de trabajo o exposición.
Así pues, no será raro que, de aquí a noviembre, les dé la lata con alguno de estos desbarres, pues este blog se me antoja una buena herramienta para aclarar ideas.
Y ayer, sin ir más lejos, en una de esas noches de insomnio, apareció una de ellas. No es que sea nueva, ya recorrió fugaz mis neuronas alguna que otra vez, pero la oscuridad, la vigilia forzada, ayudaron a que, en lugar de venir e irse, se quedara un rato haciéndome compañía.
Y es que uno se da cuenta de que el proceso de secularización, de abandono de la visión trascendente e irracional del universo, ha trasladado su acción también a una de las múltiples formas de expresión del universo de lo numinoso, de lo trascendente, de lo “desconocido”: la creación de terror. Hay pensadores que ven en la literatura —y por ende otras variedades artísticas— de terror un mecanismo de fijación y reestructuración de los miedos e inquietudes ya superados por una cultura o sociedad. Estos miedos se superan, y sólo entonces toman cuerpo, controlados, para disfrute masoquista de lectores y lectoras. Hasta cierto punto estoy de acuerdo con esta visión, y digo hasta cierto punto, puesto que cuando se habla de esos procesos de superación, creo que son relativos, que se extrapolan a la generalidad desde un reducido ámbito de afectados, más centrados en el mundo cultural, de poder, de la élite de pensamiento de dicha cultura. En el fondo los miedos, la angustia, la superstición, sobreviven en un nivel primario de la masa, del hombre de a pie, superados en la superficie, todavía algo activos en el fondo.
Del mismo modo que el cosmos espiritual, el universo de creencias de la sociedad mutan, para lo que nos interesa en concreto: las causas del miedo y la angustia, también evolucionan. En este caso asistimos a una secularización, o mejor sería decir a un traslado del eje sobre el que se flexionan estos miedos, lo mismo sucede en nuestro ámbito de creación. La trascendente ya no aterra, al menos en todos sus aspectos, la muerte, los elementos más pedestres, del día a día —alienación, deshumanización, soledad…— o no tanto, como una ciencia cada vez más alejada, incontrolada en apariencia e incomprensible en su complejidad; un clima que ejerce de improvisada espada de Damocles en el inconsciente colectivo, la aparición de nuevas enfermedades, la presión ejercidas por otras culturas.
Espero, poco a poco, ir desarrollando esto en sucesivas entradas exponiendo ejemplos concretos.
Así pues, no será raro que, de aquí a noviembre, les dé la lata con alguno de estos desbarres, pues este blog se me antoja una buena herramienta para aclarar ideas.
Y ayer, sin ir más lejos, en una de esas noches de insomnio, apareció una de ellas. No es que sea nueva, ya recorrió fugaz mis neuronas alguna que otra vez, pero la oscuridad, la vigilia forzada, ayudaron a que, en lugar de venir e irse, se quedara un rato haciéndome compañía.
Y es que uno se da cuenta de que el proceso de secularización, de abandono de la visión trascendente e irracional del universo, ha trasladado su acción también a una de las múltiples formas de expresión del universo de lo numinoso, de lo trascendente, de lo “desconocido”: la creación de terror. Hay pensadores que ven en la literatura —y por ende otras variedades artísticas— de terror un mecanismo de fijación y reestructuración de los miedos e inquietudes ya superados por una cultura o sociedad. Estos miedos se superan, y sólo entonces toman cuerpo, controlados, para disfrute masoquista de lectores y lectoras. Hasta cierto punto estoy de acuerdo con esta visión, y digo hasta cierto punto, puesto que cuando se habla de esos procesos de superación, creo que son relativos, que se extrapolan a la generalidad desde un reducido ámbito de afectados, más centrados en el mundo cultural, de poder, de la élite de pensamiento de dicha cultura. En el fondo los miedos, la angustia, la superstición, sobreviven en un nivel primario de la masa, del hombre de a pie, superados en la superficie, todavía algo activos en el fondo.
Del mismo modo que el cosmos espiritual, el universo de creencias de la sociedad mutan, para lo que nos interesa en concreto: las causas del miedo y la angustia, también evolucionan. En este caso asistimos a una secularización, o mejor sería decir a un traslado del eje sobre el que se flexionan estos miedos, lo mismo sucede en nuestro ámbito de creación. La trascendente ya no aterra, al menos en todos sus aspectos, la muerte, los elementos más pedestres, del día a día —alienación, deshumanización, soledad…— o no tanto, como una ciencia cada vez más alejada, incontrolada en apariencia e incomprensible en su complejidad; un clima que ejerce de improvisada espada de Damocles en el inconsciente colectivo, la aparición de nuevas enfermedades, la presión ejercidas por otras culturas.
Espero, poco a poco, ir desarrollando esto en sucesivas entradas exponiendo ejemplos concretos.
martes, julio 14, 2009
Miedos
A veces uno recuerda. Se va atrás y revive los malos momentos que pasó de niño: recuerda esas noches de dos rombos, de terror setentero y clásico, la cabeza oculta tras el cojín protector, escondido debajo de la mesa, ante la mirada divertida de unos padres asombrados.
Luego los miedos se disuelven, se queda atrapados e el fondo cubiertos por una espesa capa de sedimento y experiencia. A veces, cuando algo nos conmueve de verdad, quedan al descubierto de nuevo de forma momentánea y, para nuestra sorpresa, comprobamos que hay terrores para los que no estamos vacunados, creemos que ya no nos afectan, pero esa inmunidad que hemos trabajado se ve resquebrajada y nos reubica debajo de esa mesa imaginaria, agarrados a un cojín también imaginario.
Y no siempre es un suceso, un relato, una escena.
A veces es algo tan simple como un cuadro.

Fascinación y miedo suelen ir de la mano. Fascinación que se cuaja ante la evidencia de la maestría del pincel, en comunión con la penetración emocional del autor. Miedo ante la plasmación de una realidad, en apariencia particular, pero que resulta ser paradigmática global: una patada en el alma. Miedo ante lo que esa metáfora visual nos transmite, miedo porque nuestro cerebro, mientras contemplamos el cuadro, trabaja a un nivel no racional, opera mediante símbolos e iconos. Se ve regulado por leyes que no obedecen a los paradigmas de la razón habitual: Nuestra corteza cerebral intenta tomar de nuevo el control, pero el hipotálamo se aferra a ese asidero momentáneo que le permite asumir una cierta cota del poder perdido.
De vez en cuando me relajo, tomo aire, busco en internet, en algún viejo libro de arte y me dejo envolver por el poder de Brueguel el Viejo y su “El triunfo de la muerte”. Hay algo en el cuadro que me fascina, me perturba y me absorbe. La realidad se somete a la tragedia. Es el fin sin ambages, ineludible, con toda la crueldad que se dibuja en un Apocalipsis. Nada escapa a la larga mano de la muerte, todo se corrompe, puesto que ya contenía en sí el germen de la corrupción. Ricos y pobre se igualan, bellos y feos, tontos y superdotados.
Es el terror extremo, es el fin, la desintegración. El triunfo del mal.
Pero es tan hermoso.
Luego los miedos se disuelven, se queda atrapados e el fondo cubiertos por una espesa capa de sedimento y experiencia. A veces, cuando algo nos conmueve de verdad, quedan al descubierto de nuevo de forma momentánea y, para nuestra sorpresa, comprobamos que hay terrores para los que no estamos vacunados, creemos que ya no nos afectan, pero esa inmunidad que hemos trabajado se ve resquebrajada y nos reubica debajo de esa mesa imaginaria, agarrados a un cojín también imaginario.
Y no siempre es un suceso, un relato, una escena.
A veces es algo tan simple como un cuadro.

Fascinación y miedo suelen ir de la mano. Fascinación que se cuaja ante la evidencia de la maestría del pincel, en comunión con la penetración emocional del autor. Miedo ante la plasmación de una realidad, en apariencia particular, pero que resulta ser paradigmática global: una patada en el alma. Miedo ante lo que esa metáfora visual nos transmite, miedo porque nuestro cerebro, mientras contemplamos el cuadro, trabaja a un nivel no racional, opera mediante símbolos e iconos. Se ve regulado por leyes que no obedecen a los paradigmas de la razón habitual: Nuestra corteza cerebral intenta tomar de nuevo el control, pero el hipotálamo se aferra a ese asidero momentáneo que le permite asumir una cierta cota del poder perdido.
De vez en cuando me relajo, tomo aire, busco en internet, en algún viejo libro de arte y me dejo envolver por el poder de Brueguel el Viejo y su “El triunfo de la muerte”. Hay algo en el cuadro que me fascina, me perturba y me absorbe. La realidad se somete a la tragedia. Es el fin sin ambages, ineludible, con toda la crueldad que se dibuja en un Apocalipsis. Nada escapa a la larga mano de la muerte, todo se corrompe, puesto que ya contenía en sí el germen de la corrupción. Ricos y pobre se igualan, bellos y feos, tontos y superdotados.
Es el terror extremo, es el fin, la desintegración. El triunfo del mal.
Pero es tan hermoso.
miércoles, julio 08, 2009
Quizá algún día
¿Qué hace que uno se ponga a escribir? Y más en concreto: ¿Qué hace que uno se ponga a escribir, así, sin más y por gusto, literatura de terror?
Supongo que todos los que creamos, o creemos hacerlo, nos hemos hecho esta pregunta de vez en cuando. Y ya puestos a suponer, las respuestas suelen ser de lo más peregrinas.
En mi caso debo decir que siempre he huido de esta pregunta. Y no por nada raro. Sólo porque no lograba concretar jamás una respuesta clara. Siempre acababa reduciéndolo todo a un peregrino “pues será porque me gusta”, o a un conjunto de tópicos enlatados del tipo “necesidad de aportar algo al mundo”, “sacar el universo interior al exterior”, “reinterpretar la realidad”… que era incapaz de creerme por mucho que me esforzara.
Para mí crear es una actividad placentera, sin más. Las historias germinan en mi cabeza como destellos, sin premeditación. Suele ser una palabra, una idea, un fogonazo. Poco a poco cobran vida, se organizan ellas mismas, sus personajes e intrigas. Reconozco que no hay nada que me agrade más que ver cómo, en el momento más extraño, surge esa solución, ese giro que rompe el nudo gordiano que retenía el desarrollo de una historia.
Raras veces releo lo ya escrito y terminado. Cuando lo hago, encuentro las historias extrañas y fascinantes, pero han perdido el nexo que las unía a mí mientras las iba pariendo. Es como si las hubiera escrito otra persona.
No sé bien porqué escribo. Menos porqué terror. Quizá debiera profundizar en ello algún día: ver qué es lo que hace que encuentre más sencillo expresar aquello que late dentro vistiéndolo con ese ropaje.
Quizá algún día.
Supongo que todos los que creamos, o creemos hacerlo, nos hemos hecho esta pregunta de vez en cuando. Y ya puestos a suponer, las respuestas suelen ser de lo más peregrinas.
En mi caso debo decir que siempre he huido de esta pregunta. Y no por nada raro. Sólo porque no lograba concretar jamás una respuesta clara. Siempre acababa reduciéndolo todo a un peregrino “pues será porque me gusta”, o a un conjunto de tópicos enlatados del tipo “necesidad de aportar algo al mundo”, “sacar el universo interior al exterior”, “reinterpretar la realidad”… que era incapaz de creerme por mucho que me esforzara.
Para mí crear es una actividad placentera, sin más. Las historias germinan en mi cabeza como destellos, sin premeditación. Suele ser una palabra, una idea, un fogonazo. Poco a poco cobran vida, se organizan ellas mismas, sus personajes e intrigas. Reconozco que no hay nada que me agrade más que ver cómo, en el momento más extraño, surge esa solución, ese giro que rompe el nudo gordiano que retenía el desarrollo de una historia.
Raras veces releo lo ya escrito y terminado. Cuando lo hago, encuentro las historias extrañas y fascinantes, pero han perdido el nexo que las unía a mí mientras las iba pariendo. Es como si las hubiera escrito otra persona.
No sé bien porqué escribo. Menos porqué terror. Quizá debiera profundizar en ello algún día: ver qué es lo que hace que encuentre más sencillo expresar aquello que late dentro vistiéndolo con ese ropaje.
Quizá algún día.
jueves, julio 02, 2009
Cuando un buen final lo es todo...
Hace ya bastante tiempo que devoré de forma compulsiva la serie de antologías de relatos de Clive Barker [Sangre y Libros Sangrientos] que publicó Martínez Roca. Cada obra era una golosina cargada de diferentes sabores, contrapuestos algunas veces, una insospechada mezcla que, y eso me sorprendió, se equilibraban en una extraña armonía. Los relatos de Barker se definen a la perfección diciendo de ellos que son intensos hasta la nausea e imaginativos hasta el éxtasis. Hablamos de un autor que en las distancias cortas se puede definir de genio. Pero, a tenor de mis propios intentos de lectura, y de los comentarios de otros aficionados a los que escucho siempre con respeto, cuando se pone delante de una novela, no logra la magia que nos hechiza en los relatos.
Y esto viene a resultas de que, por fin, hace poco pude hincarle el diente a la versión cinematográfica de “El tren de la carne de media noche”. Podría hablar de la película en sí; decir de ella que despertó una ambivalencia molesta; que el director confundió el concepto de impactar con el de regodearse; que a veces la angustia y la obsesión del protagonista se me contagió… Pero no, no hablaré de nada de eso. Hablaré de cómo un director puede hacer una obra decente, para al final deshacer todo, cerrar la historia con un supuesto golpe de efecto de burla, anticlimático, absurdo, pobre… se me escapan los apelativos, los epítetos y los adjetivos.
En la literatura y el cine hay obras en las que la trama, el conjunto central domina y apaga la conclusión. Ésta no es más que un dejar discurrir el argumento que se apaga de forma natural. Normalmente en toda creación relacionada con el terror, la parte final posee más peso específico que cualquier otra. No digo que sea más importante, un mal planteamiento, una mal nudo, aunque el desenlace sea exuberante, nos desalientan y empobrecen la calidad de la obra . Un mal final, apresurado, un final sin reflexión, un final pegote para salir del atolladero, aunque sea supuestamente impactante, no empobrece, literalmente destroza lo bueno que antes pudiera haber habido. Todo creador de terror debe saber que, cuando comienza a parir una trama, al menos, si ya no lo tiene desde un principio bien cerrado y planteado, debe encontrar EL FINAL al menos al llegar a la mitad de su labor, sino, se corre el riesgo de caer por un precipicio, presas del pánico, del ¿cómo lo cierro? Lo bueno es que la mayoría de las veces las historias, si son buenas, poseen un o varios finales naturales y fluidos. Lo malo es la ceguera o la chapucería de algunos autores que no saben explorar para buscarlos.
Les aconsejo leer el relato de Barker y luego ver el film. Y no me digan que el lenguaje cinematográfico, su desarrollo, impiden hacer las cosas bien…
Y tengan cuidado en el Metro, mucho cuidado si cuando se reflejan en el espejo se ven apetitosos.
Y esto viene a resultas de que, por fin, hace poco pude hincarle el diente a la versión cinematográfica de “El tren de la carne de media noche”. Podría hablar de la película en sí; decir de ella que despertó una ambivalencia molesta; que el director confundió el concepto de impactar con el de regodearse; que a veces la angustia y la obsesión del protagonista se me contagió… Pero no, no hablaré de nada de eso. Hablaré de cómo un director puede hacer una obra decente, para al final deshacer todo, cerrar la historia con un supuesto golpe de efecto de burla, anticlimático, absurdo, pobre… se me escapan los apelativos, los epítetos y los adjetivos.
En la literatura y el cine hay obras en las que la trama, el conjunto central domina y apaga la conclusión. Ésta no es más que un dejar discurrir el argumento que se apaga de forma natural. Normalmente en toda creación relacionada con el terror, la parte final posee más peso específico que cualquier otra. No digo que sea más importante, un mal planteamiento, una mal nudo, aunque el desenlace sea exuberante, nos desalientan y empobrecen la calidad de la obra . Un mal final, apresurado, un final sin reflexión, un final pegote para salir del atolladero, aunque sea supuestamente impactante, no empobrece, literalmente destroza lo bueno que antes pudiera haber habido. Todo creador de terror debe saber que, cuando comienza a parir una trama, al menos, si ya no lo tiene desde un principio bien cerrado y planteado, debe encontrar EL FINAL al menos al llegar a la mitad de su labor, sino, se corre el riesgo de caer por un precipicio, presas del pánico, del ¿cómo lo cierro? Lo bueno es que la mayoría de las veces las historias, si son buenas, poseen un o varios finales naturales y fluidos. Lo malo es la ceguera o la chapucería de algunos autores que no saben explorar para buscarlos.
Les aconsejo leer el relato de Barker y luego ver el film. Y no me digan que el lenguaje cinematográfico, su desarrollo, impiden hacer las cosas bien…
Y tengan cuidado en el Metro, mucho cuidado si cuando se reflejan en el espejo se ven apetitosos.
viernes, mayo 22, 2009
A la vida [terrorífica] de nuevo
Y es que ya necesitaba una purgación, no sólo de terror vive el hombre. Dado que había notado una especie de sarpullido, una constante irritación que surgía cada vez que atacaba una nueva lectura que al final resultaba frustrante, una desgana a la hora de ponerme a escribir... decidí realizar una limpieza, una temporal profilaxis mental. No es bueno enajenarse, centrarse en un sólo tema, y creo que es algo que hice y que espero no volver a repetir.
Así que me reconcilié con viejos amigos, recupere amigos perdidos e hice nuevos amigos.
Así que con la pilas cargadas, de nuevo al ataque, sin excesos, claro...
Y que mejor vuelta que una nueva reseña del especial "Entierros" de Calabazas en el trastero.
La ha realizado Fco. Lone Morera, para la excelente página "Sedice".
Me tomo la libertad de transcribir la parte que a mi me concierne:
Si tuviera que quedarme sólo con un relato de esta antología, me quedaría sin dudarlo con esta "Cosecha de Huesos" de José María Tamparillas. Antes he comentado que el terror humano me genera más angustia que el sobrenatural, bien este relato es una de las excepciones a esa regla. El relato empieza de una manera muy normal y tranquila, en la que el protagonista empieza a sacar huesos de una granja que ha heredado.
Poco a poco, como en un relato de Poe, la situación va cambiando paso a paso, mutando la ambientación rural y natural, por un ambiente cada vez más sobrenatural, desquiciando al protagonista, y al lector que lo acompaña, para acabar con una escena final y una última frase lapidaria, como merecen las grandes historias. Es el relato más largo de la antología, cosa absolutamente necesaria, con menos extensión hubiera tenido que terminar muy precipitadamente o desarrollar menos la ambientación y el personaje principal, pero se hace perfectamente llevadero.
A uno le da alegría saber que ha obtenido parte del efecto deseado con su creación.
Así que me reconcilié con viejos amigos, recupere amigos perdidos e hice nuevos amigos.
Así que con la pilas cargadas, de nuevo al ataque, sin excesos, claro...
Y que mejor vuelta que una nueva reseña del especial "Entierros" de Calabazas en el trastero.
La ha realizado Fco. Lone Morera, para la excelente página "Sedice".
Me tomo la libertad de transcribir la parte que a mi me concierne:
Si tuviera que quedarme sólo con un relato de esta antología, me quedaría sin dudarlo con esta "Cosecha de Huesos" de José María Tamparillas. Antes he comentado que el terror humano me genera más angustia que el sobrenatural, bien este relato es una de las excepciones a esa regla. El relato empieza de una manera muy normal y tranquila, en la que el protagonista empieza a sacar huesos de una granja que ha heredado.
Poco a poco, como en un relato de Poe, la situación va cambiando paso a paso, mutando la ambientación rural y natural, por un ambiente cada vez más sobrenatural, desquiciando al protagonista, y al lector que lo acompaña, para acabar con una escena final y una última frase lapidaria, como merecen las grandes historias. Es el relato más largo de la antología, cosa absolutamente necesaria, con menos extensión hubiera tenido que terminar muy precipitadamente o desarrollar menos la ambientación y el personaje principal, pero se hace perfectamente llevadero.
A uno le da alegría saber que ha obtenido parte del efecto deseado con su creación.
martes, abril 28, 2009
Cthulhu nº 4: cómic y relatos de ficción oscura
Abandono momentáneamente mi silencio en el blog para anunciar la próxima salida al mercado del número cuatro de la revista Cthulhu.

Como viene siendo costumbre, y ello se lo he de agradecer a los editores en pleno por su confianza casi ciega en mi obra, en ella aparece uno de mis relatos: "La Llorona" un homenaje a esta figura mítica, a este arquetipo del horror popular.
Los amantes del buen cómic oscuro encontrarán una nueva hornada de historias con las obras y el espíritu creativo del maestro William Hope Hogdson como telón de fondo y sostén: todo un buen augurio, cosa que unida a la calidad manifiesta de los autores, nos va a deparar una obra de calidad superlativa, sin duda; una demostración que que Cthulhu se va convirtiendo poco a poco en un referente contemporáneo en el género.
Abran boca con un avance en la web de Ediciones Diábolo

Como viene siendo costumbre, y ello se lo he de agradecer a los editores en pleno por su confianza casi ciega en mi obra, en ella aparece uno de mis relatos: "La Llorona" un homenaje a esta figura mítica, a este arquetipo del horror popular.
Los amantes del buen cómic oscuro encontrarán una nueva hornada de historias con las obras y el espíritu creativo del maestro William Hope Hogdson como telón de fondo y sostén: todo un buen augurio, cosa que unida a la calidad manifiesta de los autores, nos va a deparar una obra de calidad superlativa, sin duda; una demostración que que Cthulhu se va convirtiendo poco a poco en un referente contemporáneo en el género.
Abran boca con un avance en la web de Ediciones Diábolo
jueves, marzo 26, 2009
Queja silenciosa II
Continúo con la misma cantinela o lamentación. Quejarse es muy español, tan español como hacerlo sin ofrecer soluciones, tan patrio como hacerlo buscando una teta a la que agarrarse y prostituirse...
Ismael, compañero en Nocte, lo deja claro en el comentario al hilo de la entrada anterior a esta.
Busquemos donde busquemos, no encontramos una obra maestra del terror -actual- ni aunque escarbemos con denuedo o nos esforcemos en bajar algo, sólo un poco, el nivel. Ya no hablo de modernización del género, de búsqueda de nuevas formas narrativas, me centro en lo esencial: en ese sentimiento de ahogo, de sana envidia, de fascinación, de temblor que una buena obra nos produce. No un mero apalancamiento en el tópico ¡qué original! ¡Qué buena idea!
Uno intenta racionalizar la búsqueda de razones, y se encuentra varias... unas mejores que otras.
¿Nos hemos vendido a la comercialidad? No sé, para ello el género debería ser comercial. Este elemento influye más en las obras que las editoriales traen de otras latitudes. Aunque es de sobra evidente que argumentos, subgéneros y formas narrativas se pliegan a estructuras muy específicas, a tendencias más estéticas, tirando el concepto de estético por el de moda más que por el de belleza, claro está.
El género de terror es un género que se autofagocita en una espiral recurrente; recurre a sí mismo, no sale de su madriguera del fandom, del pasado, de los maestros que han creado afición y adicción, de los homenajes que sólo nos sumergen en una camino de endogamia. Reconozco que es un lastre difícil de dejar de lado. Los lectores de terror, por infortunio, parecen ser adictos a una sola droga; todo lo que se salga de su dosis deseada es desterrado. Sé que es una generalización, y que como tal pude ser errónea o como poco desafortunada, pero cada vez que entro en foros, releo revistas y antologías y las reacciones que concitan, termino por doblegarme a ella, entristecido.
Ismael tiene razón. la actual generación de escritores de terror debemos desprendernos de viejos lastres [me incluyo en la lista negra, uno como creador también peca y se somete a ciertas tendencias, pues la inercia es muy fuerte].
Los creadores de terror actuales debemos salir de nuestra guarida cómoda y adocenada; necesitamos desprendernos del tufillo de autosatisfacción que cercena la necesaria capacidad crítica. Hay que leer, mamar, disfrutar y aprender de todo tipo de literatura. Estudiarla, analizarla, ver qué hace que haya obras espléndidas más allá de su mero argumento o inclusión en una inmunda lista de "géneros", reciclarla, digerirla y asumirla en nuestra labor de creación.
Repito, nos quejamos [y no sin razón] que el género de terror está metido en un agujero que pocas editoriales y lectores osan hollar. Decimos que somos unos incomprendidos, no sin buena parte de razón, pero poco se puede hacer si intentamos quitarnos esas cadenas ajenas a nosotros sin ofrecer un producto de calidad literaria.
Ismael, compañero en Nocte, lo deja claro en el comentario al hilo de la entrada anterior a esta.
Busquemos donde busquemos, no encontramos una obra maestra del terror -actual- ni aunque escarbemos con denuedo o nos esforcemos en bajar algo, sólo un poco, el nivel. Ya no hablo de modernización del género, de búsqueda de nuevas formas narrativas, me centro en lo esencial: en ese sentimiento de ahogo, de sana envidia, de fascinación, de temblor que una buena obra nos produce. No un mero apalancamiento en el tópico ¡qué original! ¡Qué buena idea!
Uno intenta racionalizar la búsqueda de razones, y se encuentra varias... unas mejores que otras.
¿Nos hemos vendido a la comercialidad? No sé, para ello el género debería ser comercial. Este elemento influye más en las obras que las editoriales traen de otras latitudes. Aunque es de sobra evidente que argumentos, subgéneros y formas narrativas se pliegan a estructuras muy específicas, a tendencias más estéticas, tirando el concepto de estético por el de moda más que por el de belleza, claro está.
El género de terror es un género que se autofagocita en una espiral recurrente; recurre a sí mismo, no sale de su madriguera del fandom, del pasado, de los maestros que han creado afición y adicción, de los homenajes que sólo nos sumergen en una camino de endogamia. Reconozco que es un lastre difícil de dejar de lado. Los lectores de terror, por infortunio, parecen ser adictos a una sola droga; todo lo que se salga de su dosis deseada es desterrado. Sé que es una generalización, y que como tal pude ser errónea o como poco desafortunada, pero cada vez que entro en foros, releo revistas y antologías y las reacciones que concitan, termino por doblegarme a ella, entristecido.
Ismael tiene razón. la actual generación de escritores de terror debemos desprendernos de viejos lastres [me incluyo en la lista negra, uno como creador también peca y se somete a ciertas tendencias, pues la inercia es muy fuerte].
Los creadores de terror actuales debemos salir de nuestra guarida cómoda y adocenada; necesitamos desprendernos del tufillo de autosatisfacción que cercena la necesaria capacidad crítica. Hay que leer, mamar, disfrutar y aprender de todo tipo de literatura. Estudiarla, analizarla, ver qué hace que haya obras espléndidas más allá de su mero argumento o inclusión en una inmunda lista de "géneros", reciclarla, digerirla y asumirla en nuestra labor de creación.
Repito, nos quejamos [y no sin razón] que el género de terror está metido en un agujero que pocas editoriales y lectores osan hollar. Decimos que somos unos incomprendidos, no sin buena parte de razón, pero poco se puede hacer si intentamos quitarnos esas cadenas ajenas a nosotros sin ofrecer un producto de calidad literaria.
miércoles, marzo 18, 2009
Queja silenciosa
La palabra más acertada que describe la sensación de fondo que domina a un aficionado a la literatura, y en concreto a la de género —de terror— es “desencanto”. A veces uno tiene la ocurrencia de que tras el apellido se esconde una gran suma de mediocridad mal disimulada. Llevo demasiado tiempo tragando basura catalogada como lo contrario. La percepción general es la de que, si el asunto está etiquetado y encorsetado en un dominio bien definido por el fandom, por el mercado editorial, por la costumbre… el nivel de exigencia se diluye como el buen alcohol en un mal combinado. El género terrorífico tiene muchas rémoras: sociales, artísticas, culturales, pero una de las fundamentales es su mayoritaria falta de calidad. Uno tiene la certeza de que todo vale: vale una buena idea, una idea supuestamente original, fantástica; u otra que juegue en los bordes del buen gusto, que juguetee con la polémica o sobrepase fronteras; sin olvidar aquellas otras, miríada insoportable, que meramente se quedan en un aluvión de párrafos cuajados de expresiones sombrías, de un goticismo trasnochado y vacío.
Y es que esto es algo perdonable en aquellos que dan sus primeros pasos. Todos hemos experimentado, copiado estilos; todos nos hemos dejado llevar por el frenesí que despierta una idea especial en nuestra mente creadora… Sí, pero debe llegar la hora en la que apliquemos un concepto que va más allá, un concepto que convierta una simple idea en literatura, a secas, sin apellidos:
Profesionalidad.
Y no hablo de vivir de la literatura, eso es difícil, hablo de aplicarse en serio sobre lo que se escribe, de no quedarnos en meros espantajos con los que pasar el rato y asustarnos de la misma forma que lo hace un niño de diez años.
Contar una historia es algo hermoso y laborioso; no solo se ha de tener en cuenta la musa, el ardor creativo, la imaginación desatada. También hay que aplicarse con esas otras cosas más serias, aburridas y costosas como son la gramática, el estilo, la ortografía, la corrección, el uso del lenguaje, el estudio de las tramas y de los personajes…
Tantas cosas que echo en falta en gran parte de lo que he podido ir leyendo a través de estos años.
¿Y a qué viene este exabrupto?
A que anduve leyendo los Cuentos de Ernest Hemingway, que ahora ando enfrascado con la deliciosa y profunda lectura de Torrente Ballester y sus Gozos y Sombras, a que apenas encuentro ejemplos así reflejados en los metros de anaqueles llenos de obras de terror y similares. Quizá no deba preocuparme, aparentemente los objetivos de ambas literaturas son paralelos, pero diferentes, pero el mero placer de la lectura, la introspección posterior, me dicen que no, que la calidad y el buen hacer, el genio—aunque sea en minúscula—, si se me permite, es tan necesario en un camino como en otro.
Y es que esto es algo perdonable en aquellos que dan sus primeros pasos. Todos hemos experimentado, copiado estilos; todos nos hemos dejado llevar por el frenesí que despierta una idea especial en nuestra mente creadora… Sí, pero debe llegar la hora en la que apliquemos un concepto que va más allá, un concepto que convierta una simple idea en literatura, a secas, sin apellidos:
Profesionalidad.
Y no hablo de vivir de la literatura, eso es difícil, hablo de aplicarse en serio sobre lo que se escribe, de no quedarnos en meros espantajos con los que pasar el rato y asustarnos de la misma forma que lo hace un niño de diez años.
Contar una historia es algo hermoso y laborioso; no solo se ha de tener en cuenta la musa, el ardor creativo, la imaginación desatada. También hay que aplicarse con esas otras cosas más serias, aburridas y costosas como son la gramática, el estilo, la ortografía, la corrección, el uso del lenguaje, el estudio de las tramas y de los personajes…
Tantas cosas que echo en falta en gran parte de lo que he podido ir leyendo a través de estos años.
¿Y a qué viene este exabrupto?
A que anduve leyendo los Cuentos de Ernest Hemingway, que ahora ando enfrascado con la deliciosa y profunda lectura de Torrente Ballester y sus Gozos y Sombras, a que apenas encuentro ejemplos así reflejados en los metros de anaqueles llenos de obras de terror y similares. Quizá no deba preocuparme, aparentemente los objetivos de ambas literaturas son paralelos, pero diferentes, pero el mero placer de la lectura, la introspección posterior, me dicen que no, que la calidad y el buen hacer, el genio—aunque sea en minúscula—, si se me permite, es tan necesario en un camino como en otro.
jueves, marzo 12, 2009
Agradecimientos y autobombo
Dos colegas y compañeros se han molestado en plasmar su opinión acerca de la antología "Calabazas en el trastero".
Sergio Mars, crítico inmisericorde y exigente, en su blog Rescepto indablog, y Juan de Dios Garduño en "El argonauta".
Agradezco los elogios. "Cosecha de huesos" es una de esas creaciones impulsivas que nació y creció nada más haber recibido la propuesta de colaboración en el número dedicado a los entierros, con fuerza, como si ya existiera de antemano en mi pobre imaginación:
Les dejo con los comentarios
Uno de mis cuentos preferidos de la antología es “Cosecha de huesos”, de José María Tamparillas (autor al que ya publicamos un cuento relacionado con un entierro en el número 5 de Rescepto). El texto nos presenta a Lucas, un labrador pobre en cuyos terrenos no deja de exhumar huesos. Me atrae por dos motivos. Por un lado, hay una escena hacia el final que se erige como la más impactante (para mí) de la antología, mientras que el resto del relato se sustenta en un uso bien medido de motivos recurrentes y la cuidadosa arquitectura del esquema clásico de presentación, nudo y desenlace.
Sergio Mars [Rescepto, reseña completa]
Creo que nos encontramos ante uno de los mejores relatos de esta antología. Ya de por sí, leer este relato merece la compra del libro. Terror psicológico rural, con un personaje sólido. Magnífica lapidaria frase: La tierra llama a los muertos.
Juan de Dios Garduño [El argonauta, reseña completa]
Gracias a ambos.
Sergio Mars, crítico inmisericorde y exigente, en su blog Rescepto indablog, y Juan de Dios Garduño en "El argonauta".
Agradezco los elogios. "Cosecha de huesos" es una de esas creaciones impulsivas que nació y creció nada más haber recibido la propuesta de colaboración en el número dedicado a los entierros, con fuerza, como si ya existiera de antemano en mi pobre imaginación:
Les dejo con los comentarios
Uno de mis cuentos preferidos de la antología es “Cosecha de huesos”, de José María Tamparillas (autor al que ya publicamos un cuento relacionado con un entierro en el número 5 de Rescepto). El texto nos presenta a Lucas, un labrador pobre en cuyos terrenos no deja de exhumar huesos. Me atrae por dos motivos. Por un lado, hay una escena hacia el final que se erige como la más impactante (para mí) de la antología, mientras que el resto del relato se sustenta en un uso bien medido de motivos recurrentes y la cuidadosa arquitectura del esquema clásico de presentación, nudo y desenlace.
Sergio Mars [Rescepto, reseña completa]
Creo que nos encontramos ante uno de los mejores relatos de esta antología. Ya de por sí, leer este relato merece la compra del libro. Terror psicológico rural, con un personaje sólido. Magnífica lapidaria frase: La tierra llama a los muertos.
Juan de Dios Garduño [El argonauta, reseña completa]
Gracias a ambos.
miércoles, marzo 11, 2009
Déjame entrar
La literatura de terror bucea en los rincones oscuros, en algunos casos bordea las fronteras y llega a convertirse en un trasunto que se acerca a la pura literatura psicológica. la búsqueda del miedo, de la producción del miedo y la inquietud, ofrece muchos senderos, siendo el mestizaje, usando un término muy de moda, que no el concepto, que ya es añejo, una de sus armas fundamentales.
Déjame entrar es un excelente ejemplo de ese mestizaje, de esa mistura delicada y precisa en el que vemos el clasicismo revisitado, renovado en cierto modo, aderezado con elementos comunes a la literatura contemporánea que hacen su lectura absorbente, cargada de interpretaciones.
Recomiendo, no, exijo, a cualquier amante del terror hacerse con este ejemplo de buen hacer; nos reconcilia, nos ilusiona. Quizá se deba a la frescura de la novedad, pues últimamente la literatura nórdica, con esa visión de la vida, de la sociedad y del comportamiento humanos, tan particular, ha irrumpido con fuerza en las mesas de las librerías y los anaqueles de los lectores.
John Ajvide Lindqvist rebusca en la cotidianidad más dura. Enmarca una historia de vampirismo, en otra, fascinante de deseo, soledad, crudeza y sufrimiento. No hay lenitivos, tanto en la figuración sobrenatural, como en el entorno social y personal. No hay adornos, no hay pagos a una visión mitificada del monstruo, si acaso una cierta introspección más emocional que ontológica, que subraya la diferencia esencial, la crueldad necesaria, intrínseca a la supervivencia.
La novela funciona como una precisa maquinaria, complicada, pero perfectamente ajustada. Quizá a veces nos aturda la propensión del autor hacia el detalle en los personajes, por muy fugaces que sean, por ese seguimiento, casi puntilloso de sus pensamientos y acciones. Sin embargo eso nos acerca, nos sumerge de forma obsesiva, aunque incómoda, en el universo personal que se nos retrata.
Lo cierto es que ha sido un grato descubrimiento. Un aviso de que cualquier creador puede contar todavía mucho y bien: el río no se ha secado.
P.D.
Y la película, la primera, la europea, parece tener excelentes críticas... la esperamos con ansia.
Déjame entrar es un excelente ejemplo de ese mestizaje, de esa mistura delicada y precisa en el que vemos el clasicismo revisitado, renovado en cierto modo, aderezado con elementos comunes a la literatura contemporánea que hacen su lectura absorbente, cargada de interpretaciones.
Recomiendo, no, exijo, a cualquier amante del terror hacerse con este ejemplo de buen hacer; nos reconcilia, nos ilusiona. Quizá se deba a la frescura de la novedad, pues últimamente la literatura nórdica, con esa visión de la vida, de la sociedad y del comportamiento humanos, tan particular, ha irrumpido con fuerza en las mesas de las librerías y los anaqueles de los lectores.
John Ajvide Lindqvist rebusca en la cotidianidad más dura. Enmarca una historia de vampirismo, en otra, fascinante de deseo, soledad, crudeza y sufrimiento. No hay lenitivos, tanto en la figuración sobrenatural, como en el entorno social y personal. No hay adornos, no hay pagos a una visión mitificada del monstruo, si acaso una cierta introspección más emocional que ontológica, que subraya la diferencia esencial, la crueldad necesaria, intrínseca a la supervivencia.
La novela funciona como una precisa maquinaria, complicada, pero perfectamente ajustada. Quizá a veces nos aturda la propensión del autor hacia el detalle en los personajes, por muy fugaces que sean, por ese seguimiento, casi puntilloso de sus pensamientos y acciones. Sin embargo eso nos acerca, nos sumerge de forma obsesiva, aunque incómoda, en el universo personal que se nos retrata.
Lo cierto es que ha sido un grato descubrimiento. Un aviso de que cualquier creador puede contar todavía mucho y bien: el río no se ha secado.
P.D.
Y la película, la primera, la europea, parece tener excelentes críticas... la esperamos con ansia.
domingo, marzo 01, 2009
Ejercicio de estilo
Todo creador tiene referentes, también maestros, y además algo de lo que no debe sustraerse: ejemplos de diversos estilos de escritura. Da igual si posee ya un estilo definido, jamás debe dejar de aprender, da igual si luego aplica o experimenta, al menos tiene la obligación de observar y constatar esas otras formas de narrar que puede dejar un residuo beneficioso en su forma de escribir.
¿A qué viene esto?
Debido a una convalecencia, he tenido bastante tiempo para leer como hacía años que no podía por falta de ese mismo tiempo. Y en estas que volvió a caer en mis manos una de las obras más peculiares del maestro Hemingway: París era una fiesta.
El autor norteamericano debe ser siempre un referente para cualquier escritor. Uno de palpar, saborear su peculiar estilo, esa forma directa, sencilla —que no por ello fácil— y hermosa de contar. Si se escriben relatos, los suyos son el mejor ejemplo de la perfección en su concisión y estilo, narraciones en las que el peso recae sobre el diálogo, apenas descriptivas, y no por ello menos pobres en emociones y fuerza. Decirlo todo sin describir apenas nada, una bandera que de vez en cuando debemos ondear, forma de expresión a experimentar para pulir nuestra propia capacidad de concisión y profundidad.
Como escritor centrado en la narrativa de terror, no viene mal dejarse llevar por la forma de expresarse del genial autor, separarse momentáneamente del natural apego hacia la fanfarria sobreadjetivada, la descripción, el ambiente y centrarse en la trama, los personajes, sus sensaciones, acciones diálogos y silencios.
¿A qué viene esto?
Debido a una convalecencia, he tenido bastante tiempo para leer como hacía años que no podía por falta de ese mismo tiempo. Y en estas que volvió a caer en mis manos una de las obras más peculiares del maestro Hemingway: París era una fiesta.
El autor norteamericano debe ser siempre un referente para cualquier escritor. Uno de palpar, saborear su peculiar estilo, esa forma directa, sencilla —que no por ello fácil— y hermosa de contar. Si se escriben relatos, los suyos son el mejor ejemplo de la perfección en su concisión y estilo, narraciones en las que el peso recae sobre el diálogo, apenas descriptivas, y no por ello menos pobres en emociones y fuerza. Decirlo todo sin describir apenas nada, una bandera que de vez en cuando debemos ondear, forma de expresión a experimentar para pulir nuestra propia capacidad de concisión y profundidad.
Como escritor centrado en la narrativa de terror, no viene mal dejarse llevar por la forma de expresarse del genial autor, separarse momentáneamente del natural apego hacia la fanfarria sobreadjetivada, la descripción, el ambiente y centrarse en la trama, los personajes, sus sensaciones, acciones diálogos y silencios.
viernes, febrero 06, 2009
Lecturalia: homenaje a Poe [La última función]
Alfredo Álamo contactó con algunos de sus conocidos para colaborar en un improvisado homenaje a Poe en el espléndido blog 'Lecturalia', dedicado a la literatura.
A toda prisa improvisé un cuentecillo -relato ultracorto- en el que intenté mezclar algunas de las obsesiones y pulsiones del genial creador. Hoy por fin lo veo en el aire.
'La última función'
A toda prisa improvisé un cuentecillo -relato ultracorto- en el que intenté mezclar algunas de las obsesiones y pulsiones del genial creador. Hoy por fin lo veo en el aire.
'La última función'
lunes, febrero 02, 2009
Hace 200 años...
Hace doscientos años que nació el señor Edgar Allan Poe.
No voy a entrar a desmigajar una pobre biografía, o un epigrama que cante sus excelencias porque sí. Hace unos días, dándole vueltas al caletre, buscando ideas que usar en una mesa redonda a celebrarse en La Fnac de Zaragoza el día diez del presente, descubrí cuál era para mí ese aporte sustancial del gran escritor norteamericano a la literatura de terror.
No era su uso del lenguaje, exquisito, cuidado y maravilloso.
Tampoco la originalidad de sus cuentos.
Era otra cosa, una recuperación.
Recordemos que el estilo generalizado, el último triunfador en la creación de relatos de terror era la Ghost Story, evolución y renovación, simplificando un poco, de la anterior Novela (Y cuentos) Gótica. La Ghsot Story acercó el terror a lo cotidiano, pero perdió una cierta intensidad, no dramática, esa la mantuvieron los buenos autores; me refiero a una intensidad pasional. La Ghost Story es en sí bastante fría, muy británica, desemocionalizada y desapasionada... la única emoción que se permite es la del miedo. Lo cual hace que, a pesar de su factura impecable, muchos de sus relatos no acaban produciendo ese estallido pasional en el lector, sino un mero escalofrío producto de la suspensión de la realidad, si esta ha existido.
Poe arregla esto, recoge la pasión, la profundización psicológica en las emociones de los personajes y las imbrica en la modernidad adquirida por el género del terror. Poe hila el delicado equilibrio que ha de mantenerse entre el argumento, el estilo y la caracterización de los personajes. Estos no son meros narradores fríos, son víctimas apasionadas, rasgadas por profundas tensiones psicológicas y emocionales.
En eso Poe fue, es un maestro que abre caminos.
No voy a entrar a desmigajar una pobre biografía, o un epigrama que cante sus excelencias porque sí. Hace unos días, dándole vueltas al caletre, buscando ideas que usar en una mesa redonda a celebrarse en La Fnac de Zaragoza el día diez del presente, descubrí cuál era para mí ese aporte sustancial del gran escritor norteamericano a la literatura de terror.
No era su uso del lenguaje, exquisito, cuidado y maravilloso.
Tampoco la originalidad de sus cuentos.
Era otra cosa, una recuperación.
Recordemos que el estilo generalizado, el último triunfador en la creación de relatos de terror era la Ghost Story, evolución y renovación, simplificando un poco, de la anterior Novela (Y cuentos) Gótica. La Ghsot Story acercó el terror a lo cotidiano, pero perdió una cierta intensidad, no dramática, esa la mantuvieron los buenos autores; me refiero a una intensidad pasional. La Ghost Story es en sí bastante fría, muy británica, desemocionalizada y desapasionada... la única emoción que se permite es la del miedo. Lo cual hace que, a pesar de su factura impecable, muchos de sus relatos no acaban produciendo ese estallido pasional en el lector, sino un mero escalofrío producto de la suspensión de la realidad, si esta ha existido.
Poe arregla esto, recoge la pasión, la profundización psicológica en las emociones de los personajes y las imbrica en la modernidad adquirida por el género del terror. Poe hila el delicado equilibrio que ha de mantenerse entre el argumento, el estilo y la caracterización de los personajes. Estos no son meros narradores fríos, son víctimas apasionadas, rasgadas por profundas tensiones psicológicas y emocionales.
En eso Poe fue, es un maestro que abre caminos.
martes, enero 27, 2009
Básicos del terror: 'El pararrayos' de Melanie Tem
Creo que no hay una pérdida de tiempo más grande que ponerse a discutir acerca de si hay literatura femenina y masculina —escrita por mujeres vs. escrita por hombres—. Sin embargo es algo que se viene haciendo y mucho, da juego, mucho juego. Pero no les voy a hablar de esa consideración particular. No. Quiero hablar de originalidad, de la capacidad de innovar sin necesidad de experimentar hasta quebrar el sentido y la forma del relato de terror. A veces se puede innovar bebiendo en argumentos originales, en visiones de pequeños detalles de la vida cotidiana, pasiones, inclinaciones, vicios, carencias u obsesiones.
Si puede busquen a cualquier precio el relato de Melanie Tem ‘El pararrayos’. Aparece en la antología de terror ‘La piel del alma’ de Lisa Tuttle, Colección Cara Oculta en la editorial Mirach. Es un libro descatalogado, una rareza centrada en el terror moderno en manos de mujeres.
Como toda antología es desigual por naturaleza, muy dependiente de los gustos particulares del lector, pero de partida nos ofrece la perla que quiero comentar aquí.
Originalidad. Es un concepto escurridizo cuando se habla de él, pero claro y distinto cuando se descubre y percibe. Este relato rebosa originalidad en su argumento; es la demostración de que el terror, la inquietud, pueden nacer desde perspectivas insólitas. La protagonista es una mujer que ha nacido par sacrificarse, para evitar el sufrimiento a sus seres más cercanos absorbiéndolo ella misma. Es el acto de amor supremo, primero hacia su padre, luego hacia su marido, por fin hacia su hijo pequeño… una capacidad o don que ha transmitido a su hija.
No voy a adelantar más. Sólo anotar que el trabajo de un autor es explorar, descubrir nuevos nichos, transformar elementos de la realidad cotidiana, no sólo mecánicos, sino fundamentalmente emocionales, reorientarlos para conseguir una innovación y una frescura tan necesarias para la evolución del género literario del terror.
Si puede busquen a cualquier precio el relato de Melanie Tem ‘El pararrayos’. Aparece en la antología de terror ‘La piel del alma’ de Lisa Tuttle, Colección Cara Oculta en la editorial Mirach. Es un libro descatalogado, una rareza centrada en el terror moderno en manos de mujeres.
Como toda antología es desigual por naturaleza, muy dependiente de los gustos particulares del lector, pero de partida nos ofrece la perla que quiero comentar aquí.
Originalidad. Es un concepto escurridizo cuando se habla de él, pero claro y distinto cuando se descubre y percibe. Este relato rebosa originalidad en su argumento; es la demostración de que el terror, la inquietud, pueden nacer desde perspectivas insólitas. La protagonista es una mujer que ha nacido par sacrificarse, para evitar el sufrimiento a sus seres más cercanos absorbiéndolo ella misma. Es el acto de amor supremo, primero hacia su padre, luego hacia su marido, por fin hacia su hijo pequeño… una capacidad o don que ha transmitido a su hija.
No voy a adelantar más. Sólo anotar que el trabajo de un autor es explorar, descubrir nuevos nichos, transformar elementos de la realidad cotidiana, no sólo mecánicos, sino fundamentalmente emocionales, reorientarlos para conseguir una innovación y una frescura tan necesarias para la evolución del género literario del terror.
lunes, enero 26, 2009
Calabazas en el trastero: Especial Entierros
Bueno. Otro de mis hijos, del cual me siento especialmente orgulloso, va a salir a la luz en papel en la antología "Calabazas en el trastero".
Aghradecer a los organizadores y antologistas su confianza, y felicitar a mis compañeros.

La primera convocatoria de Calabazas en el Trastero concluyó el pasado 30 de noviembre tras recibirse 36 obras válidas a concurso. De ellas se han seleccionado las siguientes trece que compondrán la primera antología de la colección, la cual llevará por título "Entierros":
...y evitar los malos pensamientos (Manuel Mije)
Certificado de defunción (Manuel Osuna)
Cosecha de huesos (José María Tamparillas)
De cómo el señor alcalde acude al debate nocturno de Budd (Juan de Dios Garduño)
El cruce de la música (Francisco Jesús Franco Díaz)
El tratado de Michael Ranft (Miguel Puente Molins)
Es mi trabajo (Sergio Mars)
La procesión de las plañideras (Jorge Mulero Solano)
Moroaica (Juan José Hidalgo Díaz)
No somos nada (Laura Luna)
Todo es empezar (Pedro Escudero Zumel)
Una tumba vacía (Juan Ángel Laguna Edroso)
Y llorarán por ti (José Ignacio Becerril Polo)
Aghradecer a los organizadores y antologistas su confianza, y felicitar a mis compañeros.

La primera convocatoria de Calabazas en el Trastero concluyó el pasado 30 de noviembre tras recibirse 36 obras válidas a concurso. De ellas se han seleccionado las siguientes trece que compondrán la primera antología de la colección, la cual llevará por título "Entierros":
...y evitar los malos pensamientos (Manuel Mije)
Certificado de defunción (Manuel Osuna)
Cosecha de huesos (José María Tamparillas)
De cómo el señor alcalde acude al debate nocturno de Budd (Juan de Dios Garduño)
El cruce de la música (Francisco Jesús Franco Díaz)
El tratado de Michael Ranft (Miguel Puente Molins)
Es mi trabajo (Sergio Mars)
La procesión de las plañideras (Jorge Mulero Solano)
Moroaica (Juan José Hidalgo Díaz)
No somos nada (Laura Luna)
Todo es empezar (Pedro Escudero Zumel)
Una tumba vacía (Juan Ángel Laguna Edroso)
Y llorarán por ti (José Ignacio Becerril Polo)
La antología ha sido prologada por el escritor de Nocte Juan José Castillo y lleva portada de David M. Rus.
La organización quiere destacar la elevada calidad de las obras presentadas y agradecer la buena acogida que ha tenido el proyecto. Asimismo, recuerda que ya está en marcha la segunda convocatoria del concurso, cuyas bases podéis consultar pinchando aquí.
Para cualquier duda, está abierto el correo electrónico del certamen (calabazas@abadiaespectral.com) y un foro público que encontraréis pinchando aquí.
La organización quiere destacar la elevada calidad de las obras presentadas y agradecer la buena acogida que ha tenido el proyecto. Asimismo, recuerda que ya está en marcha la segunda convocatoria del concurso, cuyas bases podéis consultar pinchando aquí.
Para cualquier duda, está abierto el correo electrónico del certamen (calabazas@abadiaespectral.com) y un foro público que encontraréis pinchando aquí.
martes, enero 20, 2009
'Escalofríos': barato, sencillo... y efectivo
En los tiempos que corren el terror, lo mismo que muchos géneros llamados ‘populares’, ha pasado a poseer como fundamental medio de expresión al cine. Cada medio tiene sus técnicas, sus modos de operar, influenciar y mostrar, su narrativa simplificando. Aunque las bases son las mismas, aquello que nos produce miedo, inquietud, angustia, horror, asco y terror es general, la manera de usar y abordar, puede diferir en su expresión.
De un tiempo a esta parte uno se cansa de ver, cómo en el cine, parece bastar una buena idea y un montón de especialistas en efectos especiales para considerar que se tiene una buena baza de juego; cómo el peso recae en efectismos, en sutilezas tecnológicas y de diseño. (Mención aparte las producciones alimenticias, véase remakes, precuelas y secuelas que ni voy a considerar). Por eso, cuando llaga a mis manos —ojos— una de esas películas cuyo poder de fascinación recae en el guión, en el enfoque, en la simplicidad… y funciona, funciona bien y dignamente, entonces me alegro y me reconcilio y me siguen madurando las ganas de ver más y arriesgarme.
Algo así ha sucedió con ‘Escalofríos’ (Wind Chill) Dirigida por Greg Jacobs e interpretada por Emily Blunt y Ned Bellamy.
Se trata de una simple historia de fantasmas, de venganza y de lugares malditos. Una historia manida, un argumento visitado y revisitado, y que sin embargo, si se sabe manejar, si se innova en la forma de narrar, en la calidad del guión, en la atmósfera, si se retorna a lo sencillo, sin grandes alharacas tecnológicas, entonces, repercute como un martillazo en el espectador.
He repetido la palabra sencillez, y no me cansaré de hacerlo. Me gusta la sencillez en el terror, es un buen camino que hace que sea más simple penetrar en la historia: uno se compara con los protagonistas, rebusca en la memoria los paisajes conocidos que se extrapolan a los mostrados, siente que es más fácil generar empatía, y sobre todo, más fácil dejarse llevar por la suspensión de la incredulidad. En el fondo es seguir ciertas vieja reglas bien descritas por aquellos maestros de la ‘Ghost Story’ y que ya me habrán leído repetidas veces: personajes con los que podamos sentirnos cercanos, escenas cotidianas...etc.
Cuando se elige la vertiente fantástica del terror hay que tener cuidado para no obtener una simple obra de fantasía. Es el terror lo que debe primar, y todo buen autor de tal género debe saber esconder, disimular, minimizar los fastos que cargan en la balanza el peso de lo fantástico en cuanto me refiero a fantástico a la forma de mostrar los acontecimientos, no a los acontecimientos en sí.
Es una buena recomendación, sí, merece la pena perder el tiempo con esta película que ni siquiera se estrenó en los cines y fue a parar a los anaqueles y almacenes de la distribución directa en DVD.
¿Por qué? Por que es lenta, porque no se adapta a las convenciones manoseadas del género, no hay sangre, no hay casi sustos fáciles, escenas visuales aterradoras a cámara ultrarrápida, no hay efectismo hueco…
De un tiempo a esta parte uno se cansa de ver, cómo en el cine, parece bastar una buena idea y un montón de especialistas en efectos especiales para considerar que se tiene una buena baza de juego; cómo el peso recae en efectismos, en sutilezas tecnológicas y de diseño. (Mención aparte las producciones alimenticias, véase remakes, precuelas y secuelas que ni voy a considerar). Por eso, cuando llaga a mis manos —ojos— una de esas películas cuyo poder de fascinación recae en el guión, en el enfoque, en la simplicidad… y funciona, funciona bien y dignamente, entonces me alegro y me reconcilio y me siguen madurando las ganas de ver más y arriesgarme.
Algo así ha sucedió con ‘Escalofríos’ (Wind Chill) Dirigida por Greg Jacobs e interpretada por Emily Blunt y Ned Bellamy.
Se trata de una simple historia de fantasmas, de venganza y de lugares malditos. Una historia manida, un argumento visitado y revisitado, y que sin embargo, si se sabe manejar, si se innova en la forma de narrar, en la calidad del guión, en la atmósfera, si se retorna a lo sencillo, sin grandes alharacas tecnológicas, entonces, repercute como un martillazo en el espectador.
He repetido la palabra sencillez, y no me cansaré de hacerlo. Me gusta la sencillez en el terror, es un buen camino que hace que sea más simple penetrar en la historia: uno se compara con los protagonistas, rebusca en la memoria los paisajes conocidos que se extrapolan a los mostrados, siente que es más fácil generar empatía, y sobre todo, más fácil dejarse llevar por la suspensión de la incredulidad. En el fondo es seguir ciertas vieja reglas bien descritas por aquellos maestros de la ‘Ghost Story’ y que ya me habrán leído repetidas veces: personajes con los que podamos sentirnos cercanos, escenas cotidianas...etc.
Cuando se elige la vertiente fantástica del terror hay que tener cuidado para no obtener una simple obra de fantasía. Es el terror lo que debe primar, y todo buen autor de tal género debe saber esconder, disimular, minimizar los fastos que cargan en la balanza el peso de lo fantástico en cuanto me refiero a fantástico a la forma de mostrar los acontecimientos, no a los acontecimientos en sí.
Es una buena recomendación, sí, merece la pena perder el tiempo con esta película que ni siquiera se estrenó en los cines y fue a parar a los anaqueles y almacenes de la distribución directa en DVD.
¿Por qué? Por que es lenta, porque no se adapta a las convenciones manoseadas del género, no hay sangre, no hay casi sustos fáciles, escenas visuales aterradoras a cámara ultrarrápida, no hay efectismo hueco…
miércoles, enero 14, 2009
Arquetipos: payasos
Hace unos pocos días, en un programa televisivo dedicado al mundo de lo sobrenatural, ocultos y sospechoso [véase ‘Cuarto Milenio’], se habló de las fobias y miedos que producen algunos objetos cotidianos e inertes: en concreto el tema se centraba en la figura de los payasos.
Apenas nada relevante que destacar, si exceptuamos la impresionante puesta en escena y presentación, en la sarta de obviedades y lugares comunes con las que los comentaristas y el director del programa nos castigaron. Tan sólo la relación entre el hecho de que el muñeco, el payaso, es un ser que usa una máscara, algo que oculta, que no nos deja ver el fondo real de las personas y por ende del universo…
Sin embargo no puede dejar de pensar en ello. La fuerza simbólica del payaso está ahí. En eso tenían razón; es una fuente de miedo e perturbación muy común, demasiado común. Conozco a mucha gente, conocidos, amigos y hasta familiares que sufren esta, si no fobia, al menos sí inquietud. La literatura y el cine (de terror) han explotado dicho símbolo a placer, con mayor o menor éxito.
¿A qué puede deberse, me preguntaba?
¿Máscara? Sí, podría ser una respuesta. La máscara es oculta algo que alguien quiere que no veamos, disimula, cambia el aspecto y por ende la personalidad. Ese alguien quiere engañarnos, y nuestro subconsciente nos impele a temer el engaño, a ser precavidos y preguntarnos por qué, con qué intención se nos quiere engatusar.
Sin embargo se me vino a la mente otra posible causa más centrada en el propio personaje del payaso.
El payaso es la trasmigración del bufón, su evolución histórica. Se le está permitido todo. En cierta manera un payaso no obedece a las reglas, las subvierte con el objeto de hacernos reír. Sí, un payaso destila ternura a través de algunas de sus acciones, pero no olvidemos que él también juego con la crueldad y el dolor, con la falsedad y el engaño. Todos recordamos esos gajs en los que un segundo personaje es objeto de todo tipo de barrabasadas, de acciones que en la vida real estarían mal consideradas e incluso serían reprobables y punibles. Existe una deliberada y rebuscada brutalidad en muchas de estas escenas ‘graciosas’, a lo que se suma esa especie de capacidad mágica para pasar por encima de las reglas materiales (no sólo las morales). Ese espectáculo alimenta y apacigua nuestros impulsos primarios, alimenta nuestro lado oscuro y doma nuestra propia tendencia hacia la crueldad. Por su puesto, en el momento que el espectáculo se acaba, salimos del circo, apagamos el televisor, las reglas vuelve a tomar el control, el exceso y la crueldad están sometidos al imperativo de la convivencia, de la ética.
Pero la figura del payaso sigue ahí, hincada como un paradigma de que es difícil desembarazarse. Y entonces se convierte en un intruso, en un peligroso compañero de habitación que en cualquier momento puede reaparecer, y con él su comportamiento impredecible, sádico y dañino. Es un perfecto foco de miedo, de inquietud, es poderoso, despiadado, habituado a buscar los puntos débiles y aprovecharlos… sólo que cuando está ahí, colgado de la pared de nuestro dormitorio, escondido entre otros peluches, al acecho, su compañero en los juegos macabros es uno mismo y no cualquier otro payaso.
Creo que ahí reside el poder de fascinación del payaso, esa fascinación negativa, claro.
Apenas nada relevante que destacar, si exceptuamos la impresionante puesta en escena y presentación, en la sarta de obviedades y lugares comunes con las que los comentaristas y el director del programa nos castigaron. Tan sólo la relación entre el hecho de que el muñeco, el payaso, es un ser que usa una máscara, algo que oculta, que no nos deja ver el fondo real de las personas y por ende del universo…
Sin embargo no puede dejar de pensar en ello. La fuerza simbólica del payaso está ahí. En eso tenían razón; es una fuente de miedo e perturbación muy común, demasiado común. Conozco a mucha gente, conocidos, amigos y hasta familiares que sufren esta, si no fobia, al menos sí inquietud. La literatura y el cine (de terror) han explotado dicho símbolo a placer, con mayor o menor éxito.
¿A qué puede deberse, me preguntaba?
¿Máscara? Sí, podría ser una respuesta. La máscara es oculta algo que alguien quiere que no veamos, disimula, cambia el aspecto y por ende la personalidad. Ese alguien quiere engañarnos, y nuestro subconsciente nos impele a temer el engaño, a ser precavidos y preguntarnos por qué, con qué intención se nos quiere engatusar.
Sin embargo se me vino a la mente otra posible causa más centrada en el propio personaje del payaso.
El payaso es la trasmigración del bufón, su evolución histórica. Se le está permitido todo. En cierta manera un payaso no obedece a las reglas, las subvierte con el objeto de hacernos reír. Sí, un payaso destila ternura a través de algunas de sus acciones, pero no olvidemos que él también juego con la crueldad y el dolor, con la falsedad y el engaño. Todos recordamos esos gajs en los que un segundo personaje es objeto de todo tipo de barrabasadas, de acciones que en la vida real estarían mal consideradas e incluso serían reprobables y punibles. Existe una deliberada y rebuscada brutalidad en muchas de estas escenas ‘graciosas’, a lo que se suma esa especie de capacidad mágica para pasar por encima de las reglas materiales (no sólo las morales). Ese espectáculo alimenta y apacigua nuestros impulsos primarios, alimenta nuestro lado oscuro y doma nuestra propia tendencia hacia la crueldad. Por su puesto, en el momento que el espectáculo se acaba, salimos del circo, apagamos el televisor, las reglas vuelve a tomar el control, el exceso y la crueldad están sometidos al imperativo de la convivencia, de la ética.
Pero la figura del payaso sigue ahí, hincada como un paradigma de que es difícil desembarazarse. Y entonces se convierte en un intruso, en un peligroso compañero de habitación que en cualquier momento puede reaparecer, y con él su comportamiento impredecible, sádico y dañino. Es un perfecto foco de miedo, de inquietud, es poderoso, despiadado, habituado a buscar los puntos débiles y aprovecharlos… sólo que cuando está ahí, colgado de la pared de nuestro dormitorio, escondido entre otros peluches, al acecho, su compañero en los juegos macabros es uno mismo y no cualquier otro payaso.
Creo que ahí reside el poder de fascinación del payaso, esa fascinación negativa, claro.
jueves, enero 08, 2009
Un encuentro inesperado
Hay autores que poseen una visión prodigiosa de los hombres, los lugares y la sutil e intensa relación que los enmaraña entre sí, haciéndolos un solo ente. Hay autores con una visión crítica portentosa, capaces de encarar y mostrar la realidad, cruda, sencilla, vital o moribunda, ya sea con una narración dura, precisa y al mismo tiempo llena de armonía, como con otra cristalina, agridulce y optimista.
¿A qué viene esto? Pues a que todo buen lector de buena literatura tiene la nueva oportunidad de echarle la mano a dos maravillosas obras recién reeditadas en español del premio Nobel John Steinbeck. Me refiero y en el orden correcto a “Cannery Row” y su continuación “Dulce jueves”, ambas reeditadas por Terapias Verdes S.L.
Ambientadas en la ciudad de Monterrey, en ellas Steinbeck perfila una épica de la vida sencilla, desquiciada y lúcida de un conjunto de personajes atractivos. Es una narración que flota sobre las hojas, marcada por una ironía constructiva, por un sentido peculiar de la existencia.
No quiero explicar más. Si mi palabra y mi gusto tienen algún valor para alguno de los que lean esto, háganme caso, corran a comprar cualquiera de estos dos maravillosos libros.
Yo he esperado casi diez años para encontrar la primera de estas obras; tuve la suerte d econseguir “Dulce jueves” en una librería de viejo hace ese tiempo. Y desde entonces he corrido como un loco de librería en librería, ya fuera virtual o palpable, sin éxito… sin éxito hasta hace unos días, cuando “Cannery Row” cayó en mis manos temblorosas.
Hay una sensación especial que sólo tenemos los amantes de los libros. Esa que surge cuando descubrimos una joya perdida, un amigo desconocido que nos espera en un estante, silencioso y expectante, sabedor de que el destino lleva preparando el momento tanto, tanto tiempo.
Lean, lean… disfruten.
¿A qué viene esto? Pues a que todo buen lector de buena literatura tiene la nueva oportunidad de echarle la mano a dos maravillosas obras recién reeditadas en español del premio Nobel John Steinbeck. Me refiero y en el orden correcto a “Cannery Row” y su continuación “Dulce jueves”, ambas reeditadas por Terapias Verdes S.L.
Ambientadas en la ciudad de Monterrey, en ellas Steinbeck perfila una épica de la vida sencilla, desquiciada y lúcida de un conjunto de personajes atractivos. Es una narración que flota sobre las hojas, marcada por una ironía constructiva, por un sentido peculiar de la existencia.
No quiero explicar más. Si mi palabra y mi gusto tienen algún valor para alguno de los que lean esto, háganme caso, corran a comprar cualquiera de estos dos maravillosos libros.
Yo he esperado casi diez años para encontrar la primera de estas obras; tuve la suerte d econseguir “Dulce jueves” en una librería de viejo hace ese tiempo. Y desde entonces he corrido como un loco de librería en librería, ya fuera virtual o palpable, sin éxito… sin éxito hasta hace unos días, cuando “Cannery Row” cayó en mis manos temblorosas.
Hay una sensación especial que sólo tenemos los amantes de los libros. Esa que surge cuando descubrimos una joya perdida, un amigo desconocido que nos espera en un estante, silencioso y expectante, sabedor de que el destino lleva preparando el momento tanto, tanto tiempo.
Lean, lean… disfruten.
miércoles, enero 07, 2009
Arquetipos: maternidad
Al creador de historias terroríficas le asiste el derecho de acogerse a cualquier baza para producir el efecto deseado. El terror juega con la base primaria de nuestro cerebro, cumple en mayor o menor medida con ciertas reglas de organización dictadas por la parte más racional y estructurada de nuestra mente. Pero su objetivo es llamar a la puerta de la zona más profunda, en la que reside lo irracional, lo instintivo y lo arcaico. Los arquetipos enraizados en es te nivel interior son el pan nuestro de cada día, y de entre ellos queremos destacar en esta entrada uno que por su particular sentido, en su perversión provoca todavía una más inquietante respuesta emocional en el lector o en el espectador.
Hablamos de la maternidad.
Nada más esencial, nadad más básico, parte fundamental de lo instintivo, de aquello que se fija inalterable en nuestra mente. La maternidad conlleva un de regla esencial: una madre ama y protege a su hijo por encima de todo, hasta por encima de sí misma. Así está codificado en los genes, en las neuronas que evolutivamente son más antiguas; de ahí que la ruptura de esa regla nos conduzca a la confusión y la sorpresa más absoluta. Se trata de la perversión de la regla más vieja del mundo animal, y quizá por eso en el imaginario popular el castigo que se reserva a esta violación sea en extremo escalofriante y perverso. Todo tabú tiene su, llamémoslo castigo, toda contravención de las leyes, sobre todo de aquellas que residen en la cultura popular, posee un castigo admonitorio, un coco preventivo que los creadores de terror han sabido usar.
Es en Centro y Sudamérica donde este arquetipo ha fructificado en el imaginario popular de una forma más terrible, nos referimos a la famosa “Llorona”, espectro irredento y maldito donde los haya. Es un personaje que poco a poco se va filtrando en el imaginario colectivo fuera de su lugar de origen.
Un personaje que creo poco a poco va a ganar relevancia
Hablamos de la maternidad.
Nada más esencial, nadad más básico, parte fundamental de lo instintivo, de aquello que se fija inalterable en nuestra mente. La maternidad conlleva un de regla esencial: una madre ama y protege a su hijo por encima de todo, hasta por encima de sí misma. Así está codificado en los genes, en las neuronas que evolutivamente son más antiguas; de ahí que la ruptura de esa regla nos conduzca a la confusión y la sorpresa más absoluta. Se trata de la perversión de la regla más vieja del mundo animal, y quizá por eso en el imaginario popular el castigo que se reserva a esta violación sea en extremo escalofriante y perverso. Todo tabú tiene su, llamémoslo castigo, toda contravención de las leyes, sobre todo de aquellas que residen en la cultura popular, posee un castigo admonitorio, un coco preventivo que los creadores de terror han sabido usar.
Es en Centro y Sudamérica donde este arquetipo ha fructificado en el imaginario popular de una forma más terrible, nos referimos a la famosa “Llorona”, espectro irredento y maldito donde los haya. Es un personaje que poco a poco se va filtrando en el imaginario colectivo fuera de su lugar de origen.
Un personaje que creo poco a poco va a ganar relevancia
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